MARÍA ARIAS QUIROGA
María trabaja como camarera de pisos en un hotel del sur de Tenerife. Hasta hace unos meses su trabajo era muy duro. Hacer camas, barrer y fregar no parece que lo sea pero cuando hay que limpiar un número excesivo de habitaciones en una jornada, con cambios de sábanas, salidas, cunas, habitaciones triples ... sé, por experiencia, que sí se convierte en un trabajo casi insoportable. Parece que está aceptado que las camareras de pisos están obligadas a trabajar en esas condiciones sin que nadie intente conseguir una mejora real de sus condiciones de trabajo. Están en una situación de absoluto desamparo.
Pero todo esto cambió con la crisis. En el hotel en el que trabaja María, a las camareras que van cumpliendo su tiempo de contrato, no se lo renuevan y no contratan personal. Cada vez van quedando menos, casi únicamente las fijas. La causa, ¿la crisis? Mi amiga me dice que la ocupación del hotel está siendo igual o mayor que otros años, y nadie mejor que ella para saberlo. Una camarera ahora tiene que hacer el trabajo que antes hacían dos. María se toma cuatro analgésicos al día, tiene dolores crónicos y problemas de circulación y de hipertensión que se están agravando. No quiere una baja médica porque tiene miedo de perder su trabajo, ese que está acabando con su salud. Ya casi nunca puede librar cuando le corresponde. La llaman en sus días libres para que, por solidaridad con sus compañeras (sic), vaya a trabajar. Cada vez le cuesta más llevar la casa y sobre todo, atender a sus dos hijos que no entienden por qué su madre siempre está cansada y de mal humor. Esas son las otras víctimas, los otros inocentes que sufren esta situación tan injusta.
Sus representantes en el comité de empresa les dicen que “deben ser comprensivas con la empresa que está pasando por dificultados económicas”. En este punto del relato se me saltan las lágrimas al ver que quienes tienen que defender sus intereses defienden los de la empresa y ¡piden comprensión! Lo peor de esta situación es que a María le preocupa que el hotel no está limpio. Se va a casa insatisfecha porque no puede cumplir como le gustaría con su trabajo. ¡Pero qué bien ha hecho el sistema su labor de lavado de cerebro, de adiestramiento para producir, de explotación extrema!
Todo esto pasa en nuestro país del Primer Mundo, la potencia mundial, el Estado Social modelo, donde las grandes empresas han visto un nuevo filón en el miedo para aumentar sin escrúpulos sus beneficios a costa de la salud de los más débiles. Esto no está pasando en un país del Tercer Mundo ¿o sí?