El opio es sustancia estupefaciente, es decir, que produce estupefacción y que hace perder la sensibilidad, como la morfina y la cocaína, pero en este caso amarga y de olor fuerte, que resulta de la desecación del jugo que se extrae de las cabezas de plantas adormideras verdes. También tiene sentido de rollo porque resulta aburrido y embelesa. Pero el fútbol, por consumirse en masas, parece una sustancia más tóxica que la droga, sobre todo si la masa tiene derivas inciviles... Hablando de inciviles, no es difícil imaginar cómo trabaja el inconsciente de la clase dominante en Canarias, por poner un ejemplo: las portadas de los diarios que sus intelectuales afines dibujan y pergeñan cada vez les y las ha dado más aliento para no desalojar las posiciones que defienden no pocas veces populistamente en la mayoría de instantes decisivos. Porque que once caballeros deportistas profesionales marquen y anoten más o menos tantos que otros, y que eso sea portada y robe minutos y horas y siglo y casi medio del otro entre los medios de confusión masiva, este potaje infumable ha de alegrar a más de una, más todavía si el personal contribuyente se levanta a las cinco de la madrugada y hace colas para conseguir agenciarse la proeza de hacerse con unas entraditas para su ración de opio, del cual todos hemos sido adictos alguna vez por activa o por pasiva. Ante lo dicho, el diagnóstico parece abogar por desnarcotizar nuestra sociedad para hacerla más sana ante lo nocivo. El deporte es salud, pero jamás será medicina para convertirse en personas más cultas y más libres, menos aún sin revolución mediante. Salvo que antes de cada partido, entremedio y al final se lea un poco del Quijote por megafonía, o algún verso de Neruda, o salvo que permitan acceder a la universidad al pueblo para las aplicaciones que le dan vida energética (fisioterapia, reumatología, psicología a lo vanguardista, como propulsó Benito Floro).
Pero lo que menos rabia me da es que me es indiferente si el "tete" gana, pierde o empata. Lo que interesa es disfrutar de cómo el esféricoacaricia el pasto, sin dejarse enfiebrar. Lo dice alguien que desde los asientos erosionados por el desgaste del tiempo, ha visto rodar la pelota en el asto de El Centenario de Montevideo, en el primer partido clasificatorio del equipo charrúa -República Oriental de Uruguay, primer campeón del Mundo- en su camino hacia Suráfrica. Cosa que Canarias, como nación, alguna vez habrá de acometer, pero sin estridencias, mano...