DOMINGO CABRERA PÉREZ
Con la proximidad de la celebración quinquenal del año lustral nos encontramos inmersos en la polémica de que si la Danza de los Enanos se celebre de nuevo en la plaza de Santo Domingo, en su emplazamiento más mágico. Hasta que dejó de ser tradición, lo que no ocurre desde 1995, actuando por última vez cuando los personajes que cantaron la Loa a la Virgen fueron Los Vikingos con un total de cinco actuaciones, se tradujo en un acontecimiento de amplitud inimaginable para la demanda de miles de espectadores, que exigen una mayor capacidad de acogida y aumento de funciones. En 2000 y 2005 se trasladaron al Recinto Central de las Fiestas en la zona portuaria con más aforo y rentabilidad. No consiste en buscar aquella ubicación grande por tener distintas condiciones de accesibilidad y seguridad, sino que sea el escenario idóneo para darle el realce que se merece el número u acto estelar del jueves de la Semana Grande.
La cercanía al público es esencial para contribuir al encanto y a la chispa de magia. La distancia es elemental donde se conjuga el arte de la transformación en el interior de la caseta. Ya está decidido que sea en el mencionado lugar de las últimas Bajadas por las longitudes, que posee para organizar eventos multitudinarios. Tienen que concurrir un conjunto de factores, que garanticen su realización y contribuyan a su financiación. El éxito no puede estar a merced del capricho de algunos, que, aún, no reconocen las nuevas exigencias por la mejora de los medios de comunicación en el fácil y rápido traslado desde cualquier parte del archipiélago y continente. El itinerario por la calle será el mismo de siempre hasta La Alameda. Su baile embrujará a los de aquí y foráneos con lo sorprendente e improvisado, insuperable, sensacional, único y ancestral.