DOMINGO CABRERA PÉREZ
En este tiempo agridulce, no por el sabor a fiesta sino por lo que encierra en sí, el orbe parece que se transforma y se olvida de los múltiples problemas contradictorios al mantenimiento de la paz, contagiando al hombre en general a considerar el enemigo como un hermano. La iluminación navideña de ciudades anunciadoras de amor, alegría y de ese saludo de felicitación tan común en nuestros días, que nos hace vibrar de emoción para así inundar el corazón con palpitaciones arrítmicas. La respiración entrecortada del traqueteo por las adoquinadas calles acariciando la nívea brisa y el ambiente invitándonos a charlas, compras, villancicos… nos transporta a algo distinto de lo habitual. La visita a nacimientos o belenes, como tú quieras llamarlos, es revivir un pasado con el genuino motivo de la celebración, escalafón del presente año 2009. Es un paréntesis en lo cotidiano para disfrutar del reencuentro y la amistad.
La convivencia familiar y entre amigos en la Nochebuena, preámbulo de la Nochevieja, se acentúa con el énfasis de los allegados en torno a la mesa compartiendo los manjares y la memoria de los que no están. Necesitamos serenidad para pensar en el regalo y el cumplido en la cena del veinticuatro, símbolo de hermandad, fortaleza del lazo que une lo cristiano con lo pagano, lo normal con lo extraordinario… Lo artesanal se mezcla con lo tradicional y forman un conjunto armónico en una jornada de gran algarabía. En medio de lo campesino y burgués, pobres y ricos, se conjuga la constancia del misterio bíblico.
Ninguna preocupación aparte los sentimientos humanitarios de socorrer a los necesitados como lo único importante de la Navidad. En nosotros surja el deseo sincero de felicidad, conscientes que con la venida del Niño Dios se abrió las puertas del cielo, haciendo reinar en nuestro interior la mansedumbre y la humildad plena y altruista, aunque para otros no existan ninguna referencia de la Palabra Divina, del Verbo hecho carne.