07 de septiembre de 2016
07.09.2016
La Vorágine Análisis

Europa, en su laberinto

Hacer pagar a Londres por el 'brexit', frenar el tratado de libre comercio con Estados Unidos y devolver poder a los estados europeos frente a Bruselas es la receta que el eje París-Berlín ha diseñado y anunciado la última semana

07.09.2016 | 00:51
Europa, en su laberinto

Desde luego si Europa, el corazón de Occidente, ha sido capaz de alumbrar a lo largo de la historia una mayoría de los hitos del pensamiento (filosófico, político, científico, cultural) no tendría por qué no poder vérselas bien con el delicadísimo momento por el que atraviesa. Por lo pronto da la impresión de que el núcleo duro del Viejo Continente (el rehecho eje Berlín-París) está enfrentando la situación con cierta cabeza y esta semana ha enseñado sus cartas. Europa se halla ante un doble y contradictorio desafío en la etapa política que comienza, y que tal vez podríamos denominar post-brexit de una forma un tanto contradictoria, por cuanto la salida del Reino Unido ni ha comenzado ni se sabe en qué acabará. El otro día, un inciso, el chiste de The Telegraph mostraba a la primera ministra Theresa May repitiendo a sí misma su mantra favorito "brexit is brexit" (nos vamos sí o sí) mientras en un diccionario buscaba con afán y desconcierto qué significa exactamente el término.

El primero de estos desafíos es la necesidad de Europa de insertarse en las corrientes globales de intercambio que rigen la economía mundial, en la idea de afianzar la lenta recuperación económica del Viejo Continente. En estas corrientes se hallan ahora las mayores oportunidades de crecimiento y acumulación, a veces de empleo cualificado, pero también grandes riesgos de volatilidad, aceleraciones incontroladas que arrasan y escenarios laborales que machacan la cohesión social. La cara y el envés.

El otro desafío es justamente la creciente reacción adversa de los europeos tanto a los propósitos de más Europa como de más globalización. Es inevitable: la gente observa, con razón, que Europa no se ha dotado, como bloque regional, de la fuerza política debida para compensar el poder de las corporaciones privadas y evitar que la vida de las personas quede regida por los imperativos de los mercados desregulados. Y ya sabemos lo que es eso. La gente, los europeos, en definitiva, tiene miedo de un mundo acelerado en el que, en plena crisis en el plano de la calle, el control de sus vidas se difumina, como se difumina el poder de los dispositivos que pusieron en marcha hace dos siglos para delegar la gestión de los asuntos comunes en democracia: los estados-nación. La democracia sólo ha tenido forma institucionalizada, sentida socialmente como una realidad, con los matices que se quiera, en esos estados-nación.

La llamada post-democracia, la traslación de un modelo participativo real a unas instituciones supra-nacionales tan necesarias como acordes con los tiempos, es, sin embargo, de una palidez hospitalaria. Los avances han sido nimios. Y por eso las instituciones de la UE -en particular la Comisión Europea- son vistas crecientemente como un poder que se escapa a todo control, como algo oscuro. Ahora necesitábamos otra cosa, pero no la tenemos.

Los fondos europeos

Como todo, esta oscuridad de las instituciones europeas tiene de cierto como de falso. Sin ir más lejos, la gestión de los fondos europeos -su ideación, regulación, asignación, gestión y comprobación- es infinitamente más moderna, eficiente y racional que la de la mayoría de los estados miembros. Y gracias a esos fondos muchos países, entre ellos España, han levantado cabeza y de qué manera. Conozco gente que trabaja en el monitoreo de los proyectos de cooperación al desarrollo de Bruselas en todos los continentes -Europa es hoy la primera ONG del mundo- y los procesos evaluatorios que deben aplicar sobre el terreno -hasta en el lugar más remoto- son de órdago, hasta la última coma de lo proyectado y hasta el último céntimo de lo asignado en la ficha financiera. Del mismo modo conozco bien una inspección de técnicos europeos en una finca grancanaria que no la habría pasado ni de lejos una sola explotación isleña hace veinticinco años. Europa, pues, ayuda a modernizar y avanzar a la empresa familiar. En el lado opuesto, es cierto que los lobbies tienen un peso enorme en las decisiones de la Comisión Europea, pero lo tienen también en los estados, no nos engañemos, en regiones y ayuntamientos turísticos (creando perversas economías de enclave). La maraña de las presiones funciona en toda escala: siguiendo a Foucault sería la microfísica de la presiones.

El brexit ha servido, sea como fuere, para evaluar justamente el anhelo de los ciudadanos por volver a formas en las que puedan decidir sobre el trabajo de los deben proteger. Ello, a pesar de que en el caso británico se hayan agitado, en el marco propicio de su singular perfil histórica, todas las bajas pasiones habidas y por haber a propósito del miedo a la inmigración y el enfado social por el declive no resuelto de algunas regiones industriales obsoletas. Y esto caló naturalmente sobre todo en la gente en paro, en la de menos formación y personas mayores. Y esa tendencia regresiva, según se mire, se ha visto antes, incluso, en Holanda, en Austria, las regionales alemanas y seguramente se verá en los comicios generales en Francia y Alemania en 2017. Y la evaluación ha servido para que la idea sobre la que todo gira en Europa -y la que orienta el curso político- es que en un escenario en el que los nacionalismos o soberanismos ganan terreno no se puede avanzar en un mayor integración continental. Sólo alentaría el sentimiento euroescéptico e intentos de nuevo brexits. "El mundo mira a Europa como un continente inestable", ha dicho Sigmar Gabriel, vicecanciller alemán y ministro de Economía y Energía. Lo subrayó hace días para luego añadir que lo primero es atajar esa percepción. Fue claro. El primer punto de la estrategia diseñada es "de orden existencial": no se puede permitir al Reino Unido que logre lo que quiera y no pague el precio de querer salir, porque de lo contrario se abre en Europa la Caja de Pandora.

El segundo punto de la estrategia explicitada por los altos cargos alemanes y por el propios Francois Hollande ha sido la paralización de las negociaciones del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. Esto tiene tanto o más calado que el Brexit, por cuanto se trata del principal mecanismos para relanzar el escenario atlántico, el comercio translatlántico, y tratar de compensar el desplazamiento preocupante de la actividad económica mundial al área Asia-Pacífico. Pero los líderes europeos han comprendido que no es posible hacerlo a costa de rebajar los estándares de calidad en casi todo (empezando por alimentación y medicinas) y las exigencias draconianas en favor de las grandes corporaciones y en contra de los gobiernos que Washington trata de imponer con inflexibilidad porque entonces el nacionalismo populista europeo de todo signo se desborda. Parece razonable, pues, parar las máquinas hasta asegurar lo razonable y, dados los calendarios, saber qué pasará en las Presidenciales norteamericanas y en las elecciones de Francia y Alemania.

La integración

Y lo tercero es frenar la integración europea en favor, por el momento, de una vuelta al llamado método intergubernamental, recuperando el protagonismo político de los estados-nación frente al poder de Bruselas. De esta manera, los veintisiete estados miembros no tendrán que ir todos a una en todo. Ni Alemania se ve forzada a jugar un papel protagonista todavía mayor que nadie desea (Berlín la que menos). Darle tiempo al tiempo. Se impone, pues, una Europa más flexible y, sobre todo, más práctica, capaz de gestionar proyectos estratégicos concretos que refuercen una recuperación económica todavía débil y -esto es importante- que hagan visible ante unos ciudadanos desconfiados la eficacia práctica, en la vida diaria, de la Unión Europea. Tres ejemplos serán el mercado único digital para abaratar y disparar el comercio electrónico, una unión energética que prime y relance el liderazgo mundial en renovables y una europeización del gasto armamentístico como base para una política de defensa y seguridad común, en un escenario de acoso terrorista. Para el momento en el que estamos parece lo único razonable y realista que cabe idear. Como siempre, ahora está por ver si sobrepasa el papel.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine