Una ciudad en la sombra

Una joven periodista canaria, alumna de Erasmus en la localidad turca, relata las horas posteriores al atentado en una urbe resignada a la violencia del terrorismo "Desde que derribaron el avión ruso sabíamos que el Kremlin iba a tomar represalias"

13.01.2016 | 07:22
Claveles depositados cerca del lugar de la explosión en la plaza de Sultanahmet.
Nueve turistas alemanes en el atentado de Estambul
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Una ciudad en la sombra

Como un actor impasible en un momento de reanudada enemistad entre Irán y Arabia Saudí por la ejecución del clérigo disidente chií el pasado 2 de enero, Turquía sufrió ayer un atentado en la más europea y visitada de sus ciudades.

Eran aproximadamente las 10 de la mañana cuando los turistas, que esperaban en la plaza de Sultanahmet para visitar los vestigios de dos imperios fallidos, se vieron interrumpidos por un terrorista suicida que dejó, cerca del obelisco de Teodosio, diez fallecidos y una quincena de heridos entre un semillero de policías y periodistas que se acercaban rápidamente al lugar de los hechos.

El estruendo de la explosión, que se extendía cinco kilómetros hacia el norte y llegaba a la plaza de Taksim, punto neurálgico de Estambul, no pareció preocupar a los transeúntes. Media hora más tarde, cuando los rostros empezaron a palidecer al conocer la noticia, la ciudad se paralizó y quedó gobernada por el sonido de las voces, temerosas y luego aliviadas, que se comunicaban unas con otras a través del frío metal de los teléfonos móviles.

Después llegó el silencio de la resignación. Los estambulitas no se sorprendieron: los problemas con Rusia, la continuidad de las tropas en el norte de Irak, la tensión en el Este respecto al PKK, los atentados de Diyarbakir, Suruç y Ankara, la represión policial, la falta de libertad de expresión; la lira turca, que caía a mínimos históricos frente al dólar y al euro en agosto -entre las elecciones generales de junio y noviembre-, y la explosión del pasado diciembre en Bayrampasa, entre otros, han hecho de los turcos, a día de hoy, una población que no se amedrenta pero vive esperando lo peor. "Tal vez muchos no lo recuerden, pero hace prácticamente un año una mujer rusa se inmoló frente a la comisaría de la Policía Turística precisamente del distrito de Sultanahmet, y resultó estar vinculada al fundamentalismo islámico. El Kremlin está siendo muy agresivo y desde que derribamos aquel avión sabemos que de alguna u otra manera habrá represalias", cuenta Ismail Okan, periodista del diario Türkiye Newspaper, que considera que el caso es parecido aunque esta vez se trate de un saudí que habría entrado en Turquía desde Siria, según declaraciones del primer ministro Ahmet Davutoglu.

Las dos caras de Estambul

A las 7 de la tarde, dos imágenes se podían ver en la antigua capital bizantina. Las baldosas sueltas de la calle Istiklal seguían cediendo bajo el bullicio y el trasiego de miles de personas que la recorrían de un extremo a otro, acompañadas por el viejo tranvía del que los niños seguían agarrándose y colgándose. En el metro, sin embargo, nadie hablaba. Casi se podía escuchar a un joven, al fondo, bebiendo Ayran con parsimonia. En la línea 1 de tranvía, la más frecuentada, no había un solo turista, y un estudiante de publicidad comentaba a un amigo palestino que "sin turistas Estambul no es nada".

En las inmediaciones de la plaza donde tuvo lugar el ataque, los comercios permanecían abiertos pero vacíos, al igual que los restaurantes. En la oscuridad, las luces de la Mezquita Azul y Santa Sofía ayudaban a ver el cordón policial que cercaba la zona. El tráfico estaba cerrado, no quedaba ni un solo viandante europeo; solo quedaban algunos turistas saudíes y japoneses, que consideraban que "el momento más seguro para salir es la noche, porque es cuando menos gente había en la calle".

Al finalizar la jornada, la persistente lluvia demostró que lo único que puede obligar a permanecer en casa a la población son las adversidades meteorológicas. En una tetería cercana al Bulevar de Tarlabasi, estudiantes opositores al gobierno de Erdogan se quejaban de la falta de seguridad y de la incompetencia del Estado, que se repetían una y otra vez. Los defensores del presidente aludían a la fatalidad en que se vería envuelta la nación de tener a otro político como dirigente. El resto de presentes solo deseaba que Estambul recuperase, en pocos días, el ritmo frenético que la caracteriza.

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