Análisis

Europa y la yihad o la cobarde política de nuestros gobiernos

30.11.2015 | 02:00

A ún hay –generalmente desinformados o malintencionados– quienes condenan las Cruzadas cristianas contra el islam de Saladino (por cierto, distorsionadamente llevadas al cine por el ideologizado Ridley Scott con su En el Reino de los cielos); y quienes menosprecian la reconquista de la Hispania cristiana sobre la musulmana al-Ándalus, que concluyeron en Granada nuestros Reyes Católicos; así como la defensa de la Cristiandad de Carlos Martel y de Carlomagno; e incluso restan importancia a la gloriosa Victoria de la Santa Liga liderada por España contra el Imperio Otomano, aquel 7 de octubre de 1571, en aguas del golfo de Lepanto. Aquellas gestas impidieron que Europa –la cuna cultural, científica, artística, tecnológica del mundo– hoy sea un gran califato o una suerte de repúblicas islámicas. De haber conquistado Europa el islam –piensa, reflexiona, imagina–, hoy el mundo sería otro: no existirían las obras de Miguel Ángel, ni de Leonardo, ni el Renacimiento en su conjunto; ni las pinturas de Velázquez, ni de Rembrandt, ni de Goya; ni la literatura de Cervantes, ni de Shakespeare, ni de Borges, ni de Ana María Matute; ni la música de Beethoven, ni de Falla, ni deThe Beatles, ni de EnnioMorricone; ni hubiésemos escuchado a Plácido Domingo, ni a Pavarotti, ni a la Calas, ni a Caballé; ni visto Casa Blanca (qué ironía), ni Atraco a las tres, ni Cinema Paraíso, porque no existiría el cine, ni el futbol, ni el tenis, ni los Juegos Olímpicos, ni la medicina actual, ni la aspirina, ni las ciencias que hoy conocemos, ni las tecnologías, ni la informática, ni las telecomunicaciones, ni Internet y sus redes sociales.

No existiría ni el arte ni la libertad ni la sociedad del bienestar –con sus mil defectos y sin duda mejorable– de los que hoy disfrutamos. Y tú, mujer que lees estos renglones, irías por la calle envuelta en un chador, un burqa o una niqab, y muchas seríais entregadas por vuestros padres a los diez, once o doce años –cuando no antes– a un hombre que triplicaría vuestra tierna edad. ¿O acaso hoy no sucede esto en multitud de países musulmanes? De ser hoy Europa un gran califato islámico, se aplicaría la sharia y en nuestras plazas se lapidarían adúlteras, se ahorcarían homosexuales, se amputaría la mano a los ladrones (aunque fuese un niño que ha hurtado una manzana), se flagelaría a la mujer osada que condujese un vehículo, y tantas otras terribles salvajadas. En un patio de vecinos los maridos ofendidos quemarían vivas a las esposas, ¡oh!, malintencionadas, o le rociarían el rostro con un ácido para arrancarles la sonrisa de la cara de por vida. ¿O acaso esto no sucede hoy en Paquistán, en Afganistán, en Arabia Saudí, en Siria, en Irán, Irak, Argelia, Sudán, Nigeria, Somalia; en mayor o menor medida en el mundo islámico? Hay centenares de horrendas imágenes de tales atrocidades en YouTube, no me invento nada.

¿Acaso no se condena a muerte en el islam al apostata, o a quien decide dejar atrás la religión de Mahoma? ¿Acaso no se persigue y asesina a cristianos, a yazidíes, a infieles en el islam? ¿O no llevan desde la misma muerte del profeta matándose entre ellos suníes y chiíes? Todo esto seríamos hoy de no haber defendido Europa nuestros ancestros del avance musulmán, la Europa de Platón, de Cervantes y de Mozart. El mundo estaría en el medioevo.

Sin duda, si metiéramos en una batidora las relaciones políticas y sus peculiaridades entre Rusia y Siria e Irán; las de Estados Unidos de Norte América y Europa con Arabia Saudí y los Emiratos Árabes –por no mencionar toda la tenebrosa retahíla, en la que podíamos incluir a Turquía–, y le diéramos a la tecla de hacer cócteles, nos saldría el más nauseabundo e indigesto de los brebajes inimaginables. ¿Que la geopolítica en aquella zona es complicadísima? Sin duda. Pero que la ONU nombre a Arabia Saudí "defensora de los derechos humanos" es para vomitar. Retratados quedan, una vez más, los fulanos que dirigen aquella farsa universal, de la que, por cierto, viven cual jeques saudíes.

Y habiendo expuesto lo anterior, ahora toca hablar de este presente. El presente de un atentado en el corazón de Europa, en el París de mi adorado Charles Aznavour. La capital de la Francia que acogió durante decenios a los cobardes asesinos de ETA –¡que este recuerdo quede claro!–, y que hoy, sin duda, es nación aliada. En el presente sufre Europa –y el mundo en su conjunto– un terrorismo común: el islam radical, el islam integrista, la yihad psicópata de Daésh, como hace nada (y aún) padeció el mundo los crimines de al-Qaeda. Y no están estos terroristas de la negra bandera solo en Siria e Irak, ahora están en nuestra casa dispuestos a seguir matando, a seguir causando el caos, el terror entre la acobardada y anestesiada ciudadanía europea. Esa ciudadanía desinformada y buenista, que considera de xenófobos controlar la entrada de inmigrantes musulmanes, como ahora a los recientes "refugiados" sirios.

Hoy –junto a la cobarde dejación de responsabilidades de los gobiernos europeos en cuanto a la inmigración descontrolada de musulmanes–, como bien dijo hace unos días Le Monde, el estado fallido de Bélgica ha favorecido, con su irresponsabilidad absoluta, que la yihad se establezca en Europa con centenares de células terroristas. Las desorganizadas autoridades belgas han permitido –al desocuparse por completo de tan grave asunto– que en el barrio de Molenbeek, en la capital belga, se establezca el siniestro centro de operaciones de la yihad en Europa. Que se nutra el terrorismo islamista de sujetos de segundas y terceras generaciones de musulmanes nacidos en el Viejo Continente, tal como se ha comprobado con los atentados de París, tiene delito. Permitir que sigan entrando a mansalva, más delito aún. Aquellos polvos del buenismo insensato y lo políticamente correcto de cara a los votantes han traído estos lodos de sangre, inseguridad y peligro de nuestras libertades: Francia está en alerta 5 luego de sus 130 muertos y 300 heridos; Bruselas paralizada, ante la amenaza de un atentado yihadista. Los monstruos de Daéshlo estarán festejando.

Entre tanto, cada día –desde hace ya demasiados años–, plazas y calles enteras de París, Londres, Bruselas, Berlín, Oslo, Estocolmo, Roma... se colapsan ocupadas por miles de musulmanes a la hora de la oración, y ni se te ocurra molestarles en ese momento, ni para pedir paso. Y cientos de imanes proclaman la sharia y la muerte al infiel en multitud de mezquitas que nosotros les hemos subvencionado, adoctrinando futuros yihadistas. En occidente, porque ellos se ofenden y nos lo exigen, quitamos las cruces de las escuelas, mientras ellos asesinan cristianos en sus lugares de origen e impiden cualquier culto que no sea el dictado por Mahoma.

Que no son todos los musulmanes ni yihadistas ni extremistas, claro que no. De hecho son musulmanes la inmensa mayoría de las víctimas de la sharia en sus países. Sin embargo, mira por donde, durante el minuto de silencio (respetado en otros encuentros) por las víctimas de París, antes del partido de fútbol entre Gracia y Turquía, que se celebró en Estambul, lejos de respetarlo, el público silbó, abucheó y vociferó "Ala es grande". ¿No es esta circunstancia enormemente significativa? ¿Qué no fueron todos? Seguramente pero que fueron muchísimos es una evidencia, no hay más que escuchar el clamor en las grabaciones, y te haces a la idea. Como no todos los sirios que entraron recientemente en Europa son yihadistas, pero sí muchos llegaron enviados por Daésh camuflados entre los que huían de su propia barbarie.

La cuestión es que Europa debe y tiene que protegerse y preservar sus instituciones, su cultura, sus libertades –todas: la de culto, la de expresión y la de pasear por la calle sin miedo a que te pegue un tiro o apuñale un islamista radical o te reviente un bombazo en una cafetería–. No valen las ambigüedades, no son admisibles las gilipolleces, tales como el exabrupto del iluminado europarlamentario de Podemos Miguel Urbán, que afirmó no tener otra salida que la de inmolarse algunos de los terroristas de París por no sentirse integrados. ¿Se puede ser más energúmeno? Sí, pero ya es difícil.

A Daésh hay que aniquilarlo, destruirlo, borrarlo de la faz de la tierra con una intervención militar en toda regla, porque sólo así se terminará con tales monstruos. Sólo se acaba con el cáncer matándolo por completo, pues, de no ser así, llegará luego la metástasis. Pero, paralelamente, Europa tiene que obrar sin complejos en nuestro suelo y nuestras fronteras. Debemos seguir ofreciendo los brazos abiertos a los inmigrantes musulmanes (como a todos) que vengan a trabajar y a integrase en nuestra soñada sociedad, claro que sí, que aquí a nadie se le impide rezar a su Dios. Pero aquellos que no respeten lo nuestro –extenso y nítido término–, deben ser repatriados a sus lugares de origen, sean nacidos en Europa o recién llegados. De no tomar estas medidas, pésima Europa dejaremos a nuestros hijos y ni pensar quiero en la de nuestros nietos.

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