El primer presidente negro de EE UU cumple doce meses en el Despacho oval 

Claroscuros de un año de Obama en la Casa Blanca

La reforma sanitaria y el envío de más tropas a Afganistán han erosionado el apoyo generalizado a un presidente que está sacando a Estados Unidos de la recesión y ha roto con el unilateralismo de Bush

 
Obama durante una conferencia de prensa en la Casa Blanca.
Obama durante una conferencia de prensa en la Casa Blanca.  JASON REED (reuters)

EUGENIO FUENTES | SANTA CRUZ DE TENERIFE
David Plouffe, el multiaclamado estratega de la campaña que llevó a Obama a la Casa Blanca, es el autor de esta genética sentencia sobre el primer presidente negro de EE UU: «La reforma está en su ADN». Plouff vive estos días el terremoto promocional de su libro «The Audacity to Win» («La audacia de ganar»), lanzado a la calle en coincidencia con el primer aniversario de la llegada de Obama a la Casa Blanca, que se cumplirá el próximo miércoles.

De entrevista en entrevista, la misión actual de Plouffe es vender cómo se hizo y no enjuiciar cómo se ha hecho tras la victoria. Así que de sus labios no sale ni un gramo de autocrítica. Pero el dedo acusador y la balanza de medir genes reformistas los tiene con creces el diario digital «The Huffington Post», quintaesencia de la opinión de los millones de voluntarios y seguidores que contribuyeron a la victoria de Obama en las presidenciales de noviembre de 2008.

Para muchos de ellos la palabra clave es «decepción» y sus argumentos suenan así desde el diario: «¿Cómo ha podido el candidato que dijo en un estadio de Denver repleto de seguidores que nuestro mayor error sería tratar de hacer las viejas políticas de siempre con los viejos actores de siempre y esperar alcanzar un resultado diferente; cómo ha podido, digo, convertirse aquel candidato en el presidente que se ha rodeado de los viejos actores de siempre para tratar de hacer las viejas políticas de siempre, esperando alcanzar un resultado diferente?».

En otras palabras, Obama prometió cambiar el modo de hacer política, al margen de los grupos de presión políticos y económicos de Washington, y, según los obamistas más intransigentes, ni siquiera lo ha intentado. Su balance del primer año de Obama es negro cerrado, al igual que su esperanza en la capacidad de cambio del entonces senador por Illinois era blanca inmaculada. Pero con todo su ingenuo extremismo, los obamistas «duros» participan de una corriente en ascenso reflejada en las encuestas.

El promedio ponderado de los principales sondeos que se efectúan en EE UU arrojaba el pasado viernes un 48,4% de aprobaciones a la gestión presidencial, frente a un 44,9% de rechazos. Compárese con el 63,3% de respaldos con el que contaba Obama hace un año y con el escuálido 20% de desafecciones, y se podrá contar el número de pelos que el inquilino de la Casa Blanca se ha dejado en la gatera de sus políticas.

Las críticas empezaron ya con la formación del núcleo económico del Gobierno –demasiado alineado con Wall Street se dijo–, todavía en noviembre de 2008, y han seguido hasta la cumbre del Clima de Copenhague, en la que, sin posibilidad de alcanzar un acuerdo con China sobre reducción de emisiones, Obama pronunció el discurso menos brillante que se le conoce y traicionó, según numerosos ecologistas, las esperanzas que habían depositado en él.

Constatado esto, ha de admitirse que, desde hace un año, el presidente y su inmenso equipo han desarrollado una actividad frenética. Cuando Obama llegó a la Casa Blanca, se encontró con un cuádruple frente interno en el que pelear: la crisis financiera y económica heredada del cuento de hadas neoconservador, la amenaza yihadista, el desmontaje de la herencia de Bush (legislación y modos autoritarios de gobernar) y el cumplimiento de las reformas prometidas.

Venciendo las previsiones más pesimistas, Obama está logrando encarrilar la economía de EE UU. Días atrás, la Reserva Federal ha dado por liquidada la recesión, tras estimar que el PIB ha crecido entre un 3% y un 3,5% en el último trimestre de 2009, por encima del 2,2% alcanzado en el trimestre anterior. La Reserva Federal asegura, además, que la recuperación es palpable en diez de las doce áreas en las que divide a EE UU. Los datos sobre consumo, muy centrados en la campaña navideña, van en la misma dirección: se ha comprado más que en 2008, ejercicio que registró los peores resultados en cuarenta años.

Con todo, hay un lunar persistente: el paro, que, en diciembre, se enrocó en el 10% de noviembre. La Casa Blanca no oculta su decepción, aunque matiza que en el primer trimestre de 2009 se destruían 691.000 empleos al mes, mientras que en el cuarto eran 69.000, un 90% menos. Desde noviembre, se está incluso creando empleo neto, algo sin precedentes en veintitrés meses.

Con el lunar del paro convive el fantasma del déficit público. El medio billón heredado de Bush se ha disparado hasta el billón como consecuencia del dinero desembolsado para el rescate de los bancos y empresas en crisis y de los casi 800.000 millones del plan de Obama para el relanzamiento económico, cuya futura segunda parte se está empezando a anunciar estos días. La consecuencia previsible es que la reforma fiscal, con más impuestos para las grandes empresas y las grandes fortunas, tardará en ponerse en marcha sólo lo que tarde en asentarse la recuperación. La primera señal la lanzó el presidente el pasado jueves al anunciar a los bancos, cuyas bonificaciones para directivos calificó de «obscenas», el establecimiento de una tasa mediante la que devolverán el dinero empleado en sacarlos de la crisis.

Obama ha aprovechado su plan de relanzamiento económico para poner en marcha la renovación de las obsoletas infraestructuras de EE UU y la transformación «verde» de la economía, destinada a disminuir la dependencia energética del país respecto a Oriente Medio, de graves implicaciones económicas y geoestratégicas. Hay, sin embargo, una reforma que debía abordar por separado: la sanitaria, destinada a universalizar la cobertura médica de la que carecen 40 millones de estadounidenses, a mejorar su calidad y a reducir sus costes.

Lanzada en el mes de marzo, la reforma, en parte ya capitidisminuida, todavía no ha acabado su largo y tormentoso trámite parlamentario, que ha servido a los republicanos para recobrar fuerzas y es, junto a la conducción de la guerra en Afganistán, la principal responsable de la caída de Obama en los sondeos. En un promedio de encuestas, sólo el 39,2% de los ciudadanos la aprueba, mientras que el 50,5% la rechaza.

La Casa Blanca sabe que esta reforma, sumada a la salida de la crisis, bastaría para justificar la presidencia de Obama, a condición de que no se produzca un nuevo atentado yihadista en suelo de EE UU ni una catástrofe en las guerras de Irak y Afganistán. De ahí el empeño en sacarla adelante en las próximas semanas, cuando todavía faltan más de nueve meses para las elecciones legislativas de noviembre, que pueden alterar la actual mayoría demócrata en las dos cámaras del Congreso.

Hay otras reformas que todavía no se han abordado. Los hispanos, por ejemplo, una de sus reservas de voto, aguardan aún una ley de Inmigración que saque de la oscuridad a doce millones de personas. De igual modo, la comunidad gay sigue esperando una señal clara de que la Casa Blanca está decidida a legislar su plena igualdad.

En cuanto a las iniciativas para desmontar el legado de Bush, se sucedieron vertiginosas en los primeros días de mandato (véase el cronograma adjunto). Desde la prohibición de la tortura al levantamiento de la prohibición de investigar con células madre, pasando por la eliminación del control que el vicepresidente Cheney había establecido sobre el Senado, las medidas tomadas por Obama han hecho que la «era Bush» parezca una pesadilla muy lejana.

La estrella de todas estas decisiones fue la orden de tener cerrado el campo de Guantánamo para finales del presente mes. Sin embargo, aunque ya sólo quedan en él 198 internos, los problemas jurídicos y logísticos que plantea su enjuiciamiento o liberación han complicado el proceso. En consecuencia, el cierre de Guantánamo lo están señalando las bases del obamismo como un incumplimiento flagrante, mientras que los republicanos lo consideran una frivolidad que pone en alto riesgo la seguridad nacional de los Estados Unidos.

Irak y el terrorismo. La guinda de estas complicaciones la puso el pasado día de Navidad el fallido atentado aéreo de Detroit. El ataque del que la prensa estadounidense ridiculiza como «el terrorista de los calzoncillos» no sólo ha obligado a paralizar la liberación de 98 internos yemeníes sino que ha puesto en primer plano de actualidad las ya viejas actividades de Al Qaeda en Yemen, abriendo ante la opinión pública un tercer frente en la guerra contra el terrorismo o, para ser más precisos, contra el yihadismo.

Éste es el otro flanco débil de Obama ante sus conciudadanos. Quienes deseaban una salida inmediata de Irak se han sentido decepcionados, a la vez que han podido comprobar cómo la simple retirada de las ciudades el pasado verano ha abierto la puerta a un sustancial incremento del terrorismo. Quienes esperaban que Afganistán fuera pronto agua pasada, han visto cómo, tras no pocas vacilaciones, el presidente ha decidido enviar a otros 30.000 efectivos al combate, elevando el total a cien mil. «Afganistán será el Vietnam de Obama» es ya moneda común entre sus detractores y, se cumpla o no el negro augurio, es cierto que, pese a la creciente implicación de Pakistán en el saneamiento de los santuarios de Al Qaeda y los talibanes, los nubarrones están lejos de disiparse en el centro de Asia.

Obama ha contado con un cauto apoyo de sus aliados exteriores en la acogida de internos de Guantánamo y el aporte de medios y tropas para Afganistán. Cautela que contrasta con la elevada popularidad que el presidente mulato mantiene en la escena internacional, donde desde el primer día ha sabido instaurar un modo de actuación, basado en el diálogo, que ha roto tajantemente con el «ordeno y mando» de Bush y se ha encaminado hacia la resolución multinacional de los problemas y hacia la revalorización del papel de Naciones Unidas. El «quiero cambiar el mundo» del candidato Obama se ha plasmado en este año en tres discursos memorables: el de El Cairo, dirigido a tranquilizar al mundo musulmán no extremista; el de la ONU, para sellar el compromiso con el multilateralismo, con el desarme y con una economía mundial que beneficie a todos los habitantes del planeta; y, por fin, el de Oslo, en la recogida de su polémico premio Nobel de la Paz, en defensa de las guerras justas para preservar la calma.

Está por ver si tan magníficas palabras producen buenos resultados, aunque es francamente pronto para hacer un balance. Los gestos conciliadores hacia Cuba o Irán no parecen haber dado muchos resultados, lo que no es de extrañar si se tiene en cuenta que la evolución de ambos regímenes depende más de factores internos que exteriores. Respecto a Rusia, el entendimiento ha mejorado tras la renuncia de EE UU a su escudo antimisiles y se está cerca de aprobar un nuevo tratado de desarme. En Oriente Medio, la insistencia de Washington en avanzar deprisa hacia un Estado palestino y la presión sobre Israel para que congele su política de nuevos asentamiento ha enrocado al Gobierno judío y, unidas a la propia guerra civil latente entre los palestinos, no permite desbloquear el diálogo.

La relación con China, en fin, está poniendo de manifiesto los recelos mutuos y ha permitido constatar que la afirmación de que Pekín será el segundo gigante planetario dentro de unos años es del todo errónea: lo es ya por completo y el gran pulso geoestratégico de hoy mismo, como reveló la fallida cumbre de Copenhague, se está librando entre el capitalismo liberal de Washington y el capitalismo comunista de Pekín. A menudo se olvida que no todos los PC han desaparecido con la caída el Muro.

Así las cosas, es fácil deducir de las líneas anteriores que la llegada de Obama a la Casa Blanca ha representado la puesta en marcha de una seria mutación respecto a la era Bush, cuyo alcance se irá perfilando en los próximos tres años. Esta mutación hace que, pese a todas las críticas, Obama tenga aún una gran legión de seguidores, aunque ya más numerosa en el exterior que en casa. En cualquier caso, se impone una consideración de manual, a menudo olvidada, dirigida sobre todo a moderar los ímpetus y decepciones que han recorrido el planeta durante este año. Obama ha sido elegido por sus conciudadanos para ejercer la Presidencia de los EE UU y comandar sus fuerzas armadas. Esto es, para gobernar EE UU y defender sus intereses en el mundo. Que lo haga con inteligencia y voluntad de diálogo es lo que razonablemente se le puede exigir a un inquilino de la Casa Blanca.

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