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la ciprea

Ernesto Delgado Baudet

Me regalaste una película y el guión de la película. Tímidamente. Se llamaba Léolo. Era un naufragio y el mensaje estaba claro. "Soy como él. Léeme. Mírame"

07-09-2010  
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ELSA LÓPEZ Me la regalaste para que yo entendiera sobre ti. Para que supiera de ti y de tus tristezas. Lloré al verla. Lloré por Léolo y por ti. Luego te llamé para darte las gracias por regalo tan hermoso. A partir de ahí comencé a entenderte en muchas cosas. Y esos discursos de los cuelgamedallas, perdona vidas, yo soy el que más sabe sobre todas las cosas, y toda esa suerte de productos de la vanidad humana, comenzaron a quedar entre nosotros como un secreto a compartir. Como otros. Sin mayor importancia que el de ser secretos.

Tan secretos, que nunca llegaste a decírmelos. Y mira que yo era terca y pugnaba por entrar en tu cerebro. De visita, a trompicones, en un descanso de un concierto, en un final de fiesta poética y absurda, en el intermedio de una lectura de vaya usted a saber lo que aquello significaba, en una parada del tranvía o sentados en el mismo tranvía sin dirigirnos las palabras, en el coche camino de La Laguna intentando bracear sobre los términos metafísicos de Elica Ramos o bucear bajo los irónicos susurros de Cecilia Domínguez. Así. A rasgos, a ramalazos, a fogonazos, los encuentros. Nunca pudimos conversar detenidamente sobre el mundo y sus variaciones. Sobre la vida y las suyas. Sobre la tuya, ni una palabra. Jamás. Solo hablamos de Léolo, de Jean Claude Lauzon, y de cómo ese niño que vive atrapado en la cruda realidad, intenta escapar de ella entregándose a sus sueños y a su desbordante imaginación. Porque tú, como él, eras de esa otra clase de gente. Por eso te has ido, ya lo sabemos. Te has ido por ser diferente, por no aguantar más tanta verbena, tanto diálogo hipersensible, tanta mierda embuchada en tripas de santidad.

Déjalos que hablen, que lloren por ti y de ti. Déjalos que digan misa y rebuznen y escriban epitafios o se unten el alma con pastillas de no me olvides. Ya no tendrás que volver a escuchar sus diarias penitencias ni sus salmos encaminados a su mejor gloria. Tú ya no estarás con nosotros nunca más y no volveré a oír esos silencios tuyos; esos murmullos tuyos entrecortados con alguna frase para decirme adiós o cómo estás o como aquella vez que te encargaron escribir algo sobre mi poesía y tú: no sé cómo escribir sobre tu poesía pero debo decir algo, hoy, antes de despedirme. Y lo dejaste escrito. Y así todo.

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