ELSA LÓPEZ
¿Puede un hombre entrar en la piel y en el cerebro de una mujer y entender esos laberintos que conforman su identidad? No lo sé. Sé, por ejemplo, que Alberto Omar lo ha intentado. Ha suplantado el alma de una mujer llena de angustias, de indecisiones, de fracasos y de ganas de vivir a pesar de todo y ha escrito una novela donde todo eso entra a formar parte de su condición de mujer maltratada por la vida y por los hombres. Violada, humillada y llena de recuerdos, Eneida, la protagonista de ese Inmenso olvido se enfrenta a sí misma, a sus fantasmas fotografiados y desmenuzados como las piezas de un gran rompecabezas que una vez resuelto puede llegar a convertirse en la liberación definitiva. Eneida se descubre a sí misma y se perdona y de esa manera consigue perdonar a los demás.
Omar sabe de todo eso casi tanto como su protagonista. Todavía se mira al espejo y es capaz de pasar al otro lado para intentar comprender lo que sucede en el alma y la memoria de un ser humano. Su preocupación por el dolor ajeno viene a ser, en definitiva, lo que mejor le caracteriza. Hace pocos meses asistí a un acto donde Alberto era el protagonista. En la librería sonaban voces de niños, precipitados movimientos en los corredores, gente sentada en las sillas rojas y azules frente al autor que apareció vestido con camiseta negra y pegatinas de colores que reproducían las portadas de los tres libros de poemas que esa tarde presentaba. Y recuerdo que allí había un extraño olor a multitud de cariños esparcidos sacramentalmente por las estanterías. Era olor de amigos, de seres agradecidos al poder curativo de Alberto Omar. También estaban los ángeles. Entre los libros revoloteaban los ángeles de Alberto Omar.
Eran ángeles de agua y de calor. Ángeles de sensualidad, de tacto. Ángeles que se desvanecían en la luz. Alberto Omar hacía fotos del público, volaba, sudoroso, de un lado a otro haciendo fotos. Me pregunté por qué las hacía si era él el protagonista. Ahora, después de leer su novela, lo entiendo. Alberto Omar necesita dar fe de sus recuerdos, organizar el gran álbum de su vida, volar sobre nuestras cabezas y tomar nota de cada uno de nuestros gestos para luego situarse frente a ellos. Necesita volar entre los amigos, entre libros, canapés y ángeles divertidos que le cuentan secretos que sólo él conoce. Por eso se ríe tanto Alberto Omar. Y por eso sabe olvidar.