JOAQUÍN CATALÁN
El hombre, sin embargo, debe ordenar y organizar su entorno para orientar dicha cólera y para garantizar la seguridad de sus semejantes. La tormenta descargó en las Islas y destapó una vez más, en su segundo aviso, las carencias de una tierra más pendiente de rencillas vanas que del servicio público. El Archipiélago, el área metropolitana de Tenerife en particular, recibió con valentía el temporal y los servicios de emergencias lucharon a destajo para aminorar sus efectos. Por fortuna, no tuvimos que lamentar víctimas mortales, aunque sí descomunales daños materiales que se han clavado directamente en los corazones de miles de familias, que aguardan ahora pacientes las ayudas prometidas y que han quedado en la estacada. La Isla no aprendió la lección, tras el primer aviso, y las lluvias dejaron al descubierto todas nuestras debilidades, sobre todo en materia de infraestructuras. Las vías quedaron inutilizadas y las calles de las principales ciudades se colapsaron en el desesperado intento de la ciudadanía por refugiarse en sus hogares. Sí reaccionaron con prontitud nuestras autoridades al suspender las clases e instruir a la población ante fenómenos meteorológicos adversos.
Las fricciones. Es costumbre en estos lares unirse ante el infortunio para, una vez pasada la tempestad, tornar la calma en fricción. Politización de la vida cotidiana de las Islas que llega a exasperar a los espectadores porque al final, tras el cruce de acusaciones, las responsabilidades se diluyen en el ambiente. No. Los ciudadanos de las Afortunadas reclaman algo más, añoran líderes diligentes capaces de gestionar cualquier situación, por muy grave que sea. No vale acusar al Meteorológico de imprevisión –se avisó con tiempo suficiente– ni acusar a determinadas instituciones de racanería en las inversiones. Los canarios exigen resultados reales, hechos y no palabras, mejores infraestructuras, barrancos canalizados, tierras firmes capaces de soportar aguas, vientos y fuegos. Y servicios de emergencia bien dotados, preparados y coordinados para enfrentar la desventura.
Las fotos. La cercanía de los políticos al pueblo es siembre bienvenida, máxime en casos de emergencia, pero no es suficiente. La imagen de dos mandatarios santacruceros repartiendo víveres en la zona de Valle Brosque, en el Macizo de Anaga, es innecesaria. La noticia es que se había activado un dispositivo aéreo para que los habitantes de esos pagos no sintieran las horribles sensaciones de abandono e incomunicación. Así se hizo y es de agradecer, siempre que no queden en el olvido. No es una crítica a los dos dirigentes, pues me consta que han permanecido días de vigilia en busca de soluciones, pero la mejor instantánea tras las lluvias debería realizarse en aquellos despachos en los que se libraban ayudas para los damnificados, que deben ser la única preocupación. Así se hizo en instancias autonómicas, cuando el Consejo de Gobierno de Canarias aprobaba un decreto de ayudas para los afectados por las lluvias torrenciales. Se trata de subvenciones en el caso de daños a enseres, viviendas, vehículos e infraestructuras que pueden alcanzar hasta los 8.500 euros, y de actuaciones para reparar los accesos viarios a los núcleos de Anaga. También habrá ayudas para producciones e infraestructuras agrarias y para establecimientos turísticos, de restauración y para empresas y profesionales.
Malos recuerdos. Cualquier auxilio es digno de aplauso, pero no valen las promesas, sino las realidades. ¿Recordamos cuántos meses aguardaron los damnificados por las anteriores lluvias torrenciales o por los vientos huracanados que casi pliegan la Isla? Urgencia, diligencia, inmediatez y sensibilidad con las personas. Es lo que esperan los contribuyentes que cada cuatro años acuden a las urnas a depositar sus votos.
Y el terremoto. Pasado el susto de las lluvias, llegó el temblor de tierra. No ocurrió nada. No eran nuestras autoridades enzarzadas. Era natural.
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