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Del ocio a las pensiones

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Cuando el muro de Berlín emitía crujidos inaudibles y el comunismo de la Unión Soviética olía ya a cadáver político, los altavoces mediáticos del capitalismo nos llenaron los oídos con promesas idílicas

ANTONIO ÁLVAREZ DE LA ROSA Además del famoso fin de la Historia –era ya imparable el progreso ascendente– y del comienzo de una nueva era mundial de prosperidad inigualable, la gran preocupación de las sociedades desarrolladas giraba, decían los gurús ideológicos de turno, en torno al dilema que se nos venía encima con la drástica disminución de las horas de trabajo. ¿Qué hacer con el tiempo libre, si ya las máquinas lo podían casi todo, si la tecnología estaba a punto de convertir el derecho a la pereza en el antídoto al derecho al trabajo? Ese horizonte edénico incluso nos provocaba alguna que otra inquietud. ¿Y si nos entraba el virus del aburrimiento? ¿Y si no éramos capaces de rellenar el tiempo libre, de entretenernos y de no quedarnos pasivos ante el correr de las horas? Nos tupían el cerebro con las ventajas del teletrabajo, de producir un sinfín de cosas ayudados por la domótica, o sea, desde la comodidad almohadillada de nuestro hogar. Para los habitantes de las ciudades grandes eso significaba, entre otras maravillas, evitarse largos y cansados desplazamientos. En un futuro inmediato, los ordenadores convertirían nuestras viviendas en arterias robustas del cuerpo empresarial. Un montón de horas libres podía ser un problema social. Había que prepararse porque incluso, nos repetían machaconamente, podía morderte en el cuello el vampiro de la depresión. En cualquier caso, se abría una esperanzadora ventana y se cerraba la maldición bíblica, se iba a hacer realidad El derecho a la pereza, el revolucionario libro de Paul Lafargue, publicado un siglo antes en Francia. Haríamos lo mismo que Jehová, supremo ejemplo de la pereza ideal, como escribe este socialista francés: "después de seis días de trabajo, descansó por toda la eternidad". Sin embargo y en un plis-plás de la historia, se nos ha esfumado la gran promesa finisecular. Del atracón de ocio prometido hemos pasado, por una parte y atados al duro banco laboral, a la pesada digestión de una esclavitud rediviva y, por otra, a una raquítica oferta de trabajo. Salvo la minoría privilegiada, los únicos que disponen de todo el tiempo libre son los parados, la gran masa de excluidos por el sistema que, ahora sí, cumple su amenaza (Plasmada, por cierto, en la pantalla de la ficción cinematográfica. Muy recomendable es la visión de Up in the air, la película recién estrenada, dirigida por Jason Reitman y protagonizada por George Clooney, comedia a efectos de clasificación genérica, pero tragedia social, encarnada por el ejecutivo de una empresa de Recursos inhumanos, encargado de ejercer el trabajo sucio que significa despedir a los empleados de otras). Los que trabajan apechugan con ocho o catorce horas diarias, claveteados, además, en la precariedad de unos contratos leoninos, desasistidos sindicalmente -¿dónde están los convenios colectivos que, hace bien poco, eran una de las pesadillas empresariales?-, indefensos ante despidos incontrolados, náufragos resignados y con la cabeza gacha con tal de no perder la balsa del trabajo, de cualquier trabajo. Con el horizonte del paro ante las narices, con el miedo social inyectado en vena, la reacción es inexistente. El último asidero, el consuelo de vivir más tiempo y, por lo tanto, de gozarlo, incluso agarrados a una pensión medianamente indigna, ha comenzado a volatilizarse. "¿De qué nos sirve una vida más larga, si hemos de trabajar más años?", piensa el obrero cariacontecido en una viñeta de El Roto.

Del ocio a las pensiones, de ignorar cómo entretenernos a no saber cómo encontrar trabajo, de la promesa de días llenos de asueto a la cotidianeidad esclavizadora. Todo un panorama que, para una serie de generaciones, ha significado el tránsito relampagueante entre una sociedad más justa, menos atada a la soga de la competencia y otra que, de forma implacable, ha acabado por sojuzgarnos.

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