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El bisturí

El olvido

 
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HOSMÁN AMIN TORRES Teresa hace tiempo que enterró su juventud. Ella se consideraba afortunada porque su vida, a pesar del esfuerzo y los sacrificios, había sido muy satisfactoria. Pero ahora tiene ochenta y dos largos años y ya no es ni mucho menos aquella joven enérgica y optimista. Tampoco la anciana vital e hiperactiva que sorprendía a todos por poseer y desarrollar estas virtudes.

Después de quedar viuda, tras compartir más de cuarenta años con su marido, se sobrepuso rápidamente gracias a su espíritu jovial, decidiendo seguir disfrutando al máximo los días que se le brindasen. Su vejez transcurría todo lo bien que uno puede desear con esa edad. Ahora, de manera distinta, de una forma diferente y con más independencia, pero complacida de poder experimentarla. Hasta que todo cambió de repente, sin previo aviso, sin más explicación. De manera simple pero demoledora. Por uno de esos grandes misterios que esconde el complejo cerebro humano. Demencia Senil, Alzheimer; poco importa el nombre cuando la enfermedad no tiene cura.

Ella no quería envejecer así, de esta manera. En sus momentos de lucidez, cuando se da cuenta de su estado y de lo que le ha pasado, sabe que hasta el fin de sus días será absolutamente dependiente para todo, como en un macabro retorno a la infancia más frágil, siendo esclava en un cuerpo marchitado y debilitado por el paso del tiempo. Únicamente puede esperar a que todo acabe, que sea breve. Restando días para hallar la única certeza que no ha querido encontrar nunca: la inevitable reunión con la muerte. Sólo deseaba poder elegir la forma, las condiciones en las que finalizaría su vida.

En estos días se cumplen tres años desde que le sobrevino la repentina enfermedad y sus jornadas transcurren dentro de la más absoluta rutina; entre los afectivos cuidados y atenciones que le proporcionan su yerno e hija. Ellos, sin quererlo, han quedado atrapados y sumidos en la penitencia de Teresa. Ahora son prisioneros de su sufrimiento, hipotecando su cómoda madurez; la segunda juventud que estaban empezando a disfrutar tras criar y despedir de su hogar a sus hijos. Son tiempos difíciles, en los que la economía familiar no les permite darse ningún capricho. No quieren y tampoco pueden permitirse ingresarla en una residencia o centro socio-sanitario. Piensan que son lugares fríos e impersonales, y tampoco lo quisieran para sí mismos si estuvieran en esta situación. Pero necesitan ayuda. Ya no pueden más. Están abatidos, descorazonados. Se sienten en el más absoluto abandono, sobre todo institucional. Hace dos años que solicitaron ayuda. La ley les amparaba: Ley de dependencia; así se llama. Saben que en el estado que está Teresa, necesita de ayuda para realizar sus actividades básicas diarias varias veces al día, ya que ha perdido casi totalmente su autonomía física, mental, intelectual y sensorial, precisando el apoyo continuo de otra persona. Lo denominan Grado III, el máximo a otorgar. Pero hoy siguen esperando respuesta: Solicitud, tramitación, visitas, comprobaciones, informes, burocracia y burro-cracia gubernamental. Sin solución, sin respuesta, sólo cabe esperar y esperar a que resuelvan. Mientras los políticos siguen engañando, manipulando y traspasándose la culpa de la pésima gestión de los derechos de los ciudadanos. ¿Gobierno Central o Autonómico? A Teresa y su familia les da igual, no les importa quién es el responsable. Piensan que la mayoría de los gobernantes son vagabundos del pensamiento y los sentimientos ajenos.

Hoy Teresa sigue con su pesada rutina, con su penitencia existencial sin retorno a la cordura simple que da la normalidad. Y por un instante, insignificante para lo que representa el tiempo en ese periodo de un día, es consciente de su situación, sabiendo que se encuentra en ese sombrío y profundo fondo que es el olvido.

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