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Sin conclusiones

La cruz femenina

 
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ANTONIO ÁLVAREZ DE LA ROSA
En menos de medio siglo, las mujeres han pasado de la resignación cristiana a la búsqueda activa de su liberación. De la mental, para empezar y, como consecuencia, de la económica y de la corporal. No solo en el mundo desarrollado, sino también, a costa, eso sí, de grandes sacrificios, en el otro, en el sumido en la negrura de la supervivencia y la dictadura de los libros sagrados. La misoginia es, a pesar de su género gramatical, un animal masculino al que hemos cebado durante siglos. Las religiones han sido una enorme fuente nutritiva al identificar el sexo con el pecado y convertir a las mujeres en la cara oscura de la humanidad. Cruz con la que han cargado y aún sobrellevan en una gran parte del mundo. Es muy significativo que conmemoremos, una vez al año, el día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, según lo denomina Naciones Unidas. Sirve, sin duda, para que se difunda y se transforme en conciencia colectiva una de las tragedias íntimas más lacerantes, pero indica, al mismo tiempo, que ese tipo de barbarie está lejos de ser erradicado. El maltrato, el acoso, la agresión hasta la muerte aparecen de forma casi cotidiana en los medios de comunicación, en los de nuestro mundo rico, porque en la inmensidad de los pobres ni siquiera es noticia. Se trata, en el fondo, de la punta del iceberg, la fachada de lo que ocurre tras las puertas. En el interior de miles de viviendas, se masca y hasta se consuma la tragedia silenciosa, el terror acolchado entre los muros del miedo de las mujeres y los de la indiferencia vecinal. En España hemos dado grandes pasos para la progresiva desaparición de esa violencia, pero aún queda mucho camino empedrado por recorrer, mucho cerebro masculino por destupir. En este sentido y dada la repercusión social e institucional que tuvo, recuerdo la comparación que hizo Álvarez Cascos, político muy representativo de un cierto PP. El desprecio a las mujeres, dicho sea de paso, no es exclusivo de la derecha montaraz. En una demostración de rancia chulería y de su verdadera raíz ideológica, equiparó la mayoría de edad de la Constitución con la ya por entonces amarillenta puesta de largo de las mujeres, aquella ceremonia de la burguesía que ponía en el escaparate a sus hijas casaderas. La llamada Ley Integral contra la Violencia de Género ha contribuido a apuntalar el trabajo denunciador de muchas mujeres, ha ido eliminando en las barras de los bares masculinos los comentarios soeces y despreciadores contra las mujeres, movimiento feminista que, incluso a pesar de algunos desvaríos, ha conseguido limar las garras del animal machista, dotarnos de defensas legales contra la barbarie, transformar la mirada de los hombres, acostumbrarnos a la normalidad de convivir en pie de igualdad. Resulta por ello esperanzador ver cómo la reciente manifestación, en protesta contra el primitivismo machista, por las calles de Santa Cruz contó con una nutrida presencia, no solo de mujeres, sino de hombres. Es, asimismo, alentador comprobar que esos comportamientos hay que cercenarlos desde las primeras etapas de la educación. En colegios e institutos públicos, en los que conviven niños y niñas de muy diversa procedencia económica y cultural, se está dando un fenómeno que alienta el optimismo. Los alumnos procedentes de la inmigración y de nuestros propios ámbitos familiares, maleducados, tradicional y religiosamente, en una atmósfera de humillación hacia la mujer, se topan con la enseñanza que preconiza la igualdad de ambos géneros. A través de textos literarios y periodísticos o de representaciones teatrales, unos se reafirman en sus nacientes convicciones y a otros se les cuartea el hormigón de sus creencias. Participan no solo en las actividades contra ese salvajismo, sino que empiezan a expresarse y a reflexionar sobre el modelo de amor que desean: cómo quiero que me quieran, cómo quiero yo querer.

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