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Una historia particular

El carnaval de las bocas

"La enfermedad entra por la boca y la desgracia también sale por ella"
Proverbio chino

 
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´Carnaval´, de Nazareth Hernández
´Carnaval´, de Nazareth Hernández 

SARO DÍAZ
La boca más famosa del arte es la de La Gioconda de Leonardo da Vinci. Sobre su media sonrisa se ha dicho de todo: que ocultaba la satisfacción de una amante, que escondía una inoportuna y antiestética caries, que alguien la presionaba para sonreír con vistas al retrato aunque no tenía ganas... De todo. Y nunca sabremos realmente lo que esconde esa boca. Como casi todo el mundo me llevé una decepción cuando vi el cuadro por primera vez en su sala del Louvre, más pequeño de lo que las ilustraciones de los libros hacían pensar y encima rodeada de ávidos japoneses. Menos mal que descubrí sus ojos, que entonces me parecieron los más tristes del mundo, pero también los más expresivos, capaces de mostrar lo que la boca ocultaba. Pero luego, la segunda vez que fui a verla (como a una amiga, ya se sabe, cuando pase por París te doy un toque) ya no me pareció tan triste. Seguramente porque con el tiempo una va descubriendo los más variados matices de las tristezas y las alegrías.

La exposición de una colega, titulada La intención de tu boca, me ha recordado aquella boca, remitiéndome a todas las demás. Las bocas, conductoras de tantos mensajes. De besos, de enfados. Chiquita superpoblación de bocas. El punto de vista pictórico me mostró que los ojos son los testigos del rostro, pero la boca es su cómplice.

Esta mañana me fijé en la boca de un desconocido que comía dentro de un coche. Tenía pinta de haber hecho un alto en su trabajo y de haberse metido allí a comer algo que no pude ver, pero que parecía gustarle mucho. El tipo parecía refugiarse en ese consuelo que es a veces la comida. Se trata, en ese instante, de una boca satisfecha, ensimismada en lo que estaba consumiendo.

Pocas imágenes hay más expresivas que una boca tapada y quizá sólo la supere el poder de una boca completamente abierta en una carcajada o en un alarido. Bocas en escorzo, expresiones extremas a las que sólo recurrimos en momentos clave a menos que se tenga la risa y el lamento fáciles. Lo cierto es que a medida que transcurren los años las bocas van encajando la necesaria contención para no explotar, para no decírselo todo a alguien de una vez y para siempre. Cada vez sonreímos más y nos carcajeamos menos. Y cada vez lloramos más despacio. Me pregunto si al final las bocas sólo acaban sirviéndonos para masticar y hacer muecas, me voy a vigilar la mía y no me refiero a aumentar las visitas al dentista. La boca como órgano sexual de lujo, la boca como depósito y emisora de placer, la boca como origen de las palabras que premian, de las palabras que matan.

Qué a menudo olvidamos el cuerpo, y con él la boca, templo en el que se detienen los argumentos antes de viciarse con el aire ajeno de las razones de los otros. Se me ocurre que los hombres descuidan un poco sus bocas; nosotras, con eso de que las vestimos cada día con un poco de carmín (ese que luego nos comemos mientras esperamos en un embotellamiento de tráfico) les hacemos un poco más de caso. Si tienes ganas de recorrerle a alguien la boca con las yemas de los dedos, el diagnóstico está claro, tan claro como cuando lo que deseas es romperle los besos, expresión canaria donde las haya que aspira a dar una bofetada justo donde otros te darían el ósculo.

Las bocas son nuestro respiradero, vale, pero también el mecanismo capaz de hacerle el mayor regalo a los cielos: la sonrisa, esa alcahueta que compra voluntades y sujeta violencias. Cuánto cuestan a veces, y qué fácil parece todo con ella... en la boca.

Boquitas pintadas, bocas hambrientas, mohínes pícaros, bocas fumando, labios apretados uno con otro de impotencia, bocas que se muerden a sí mismas hasta hacerse sangre, bocas que se relamen, bocas que se abren al chorro de agua de una fuente... Luego observas las bocas de los niños, tan poco familiarizadas con la represión y el necesario disimulo social. Bocas como animales salvajes, saltando sobre las palabras recién aprendidas que habrán de servirles para tantas cosas en el futuro. La boca con la que consolarán, con la que condenarán, con la que juzgarán o perdonarán. No se entiende que tantas mujeres se la siliconen, prefiriendo quedarse sin expresión que mostrar los signos de la vejez. Claro que tampoco entiendo esas bocas yertas de los muertos que parecen sonreír... tan misteriosas como la boca de quien calla sabiendo.

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