ALBERTO RODRÍGUEZ ÁLVAREZ
Ya en tiempos de Luis Álvarez Cruz el guachinche existía, sin embargo esto no fue obstáculo para que el escritor los elevara a la categoría de tabernas – sus tabernas literarias– en un claro deseo de darle carácter universal a lo que nunca salió ni, presumo, saldrá del terruño. El guachinche no nos vino dado como fruto de la importación y tampoco podrá ser exportado a no ser que vaya acompañado por la añeja costumbre que mueve a los isleños a salir por esos campos de Dios a la caza y captura de los muy variados caldos que se resisten a ser embotellados. El vino del guachinche, néctar que fuera de los dioses, procede del garrafón y la única pista que da es un sabor característico que goza de la propaganda gratuita del boca a boca. Ponga usted sobre el mostrador un buen vino que bastará un día para que la gente haga cola en su puerta. Y sin poner un anuncio por palabras.
La existencia del guachinche tendría que ser buscada en ese ardiente deseo de patria chica de buscar en el morapio el quitapenas de las tardecitas –por más de uno ampliado a mañanitas–. El acompañamiento, armadero si se prefiere, surge como primigenia necesidad para los que quieren prolongar su permanencia en las mesas que se vistieron con los manteles de hule para aguantar lo que rebosa del vaso y del plato; la pringue en suma. Y si al principio fueron los chochos, las cabrillas de gofio, los manises, pejines, sardinas saladas de barril..., la llegada de una vida más holgada propició la aparición de las garbanzas, la azadura blanca, los tollos –y para tollos los de doña Ramira–, los huevos duros, el pescado salado, etcétera. Al guachinche se va más por el vino que por las diferentes raciones de armadero que oferta el ventero con la intención de animar al bebedor a que empine el codo más de la cuenta. Y la verdad es que consigue su propósito.
Coexistieron con el guachinche los rincones aparte que se hicieron en las ventas –ventas de chochos y de moscas– de los barrios allí donde acababa el mostrador y ocupaban lugar el surtidor de aceite comestible (¿) y el de petróleo. En esos rincones los parroquianos, a sabiendas de que el ventero tenía un garrafón de vino –más o menos bautizado–, mojaban sus labios y trasegaban por sus gaznates al siempre bien venido morapio en las tardes perdidas o robadas a la familia.
Al esplendor del guachinche hemos asistido todos aquellos que solo peinamos canas, es decir, que el arraigo y la extensión territorial de la costumbre tiene mucho que ver con el coche propio y con la posibilidad que éste daba de salir al campo y mojar el pico aquí y allá. Fue así que los amigos de la bebida espirituosa se reunían, una tarde sí y otra tarde también, para comer y beber hasta que el cuerpo aguantara. Y guachinches muchos porque para montar un guachinche lo único que se necesitaba era un rincón robado a la propia vivienda, buen vino y un poco de comida distraída del caldero de la propia casa. Guachinches famosos los suficientes para permitir que se editen libros en los que se trazan las rutas.
No es la primera vez que escuchamos que el guachinche agoniza y que su tendencia es a desaparecer. Pero ha sido estos días que hemos escuchado a un representante de la Administración local exponer que ya se está a punto de legalizar al guachinche a través de una ley. El guachinche, como una seña de nuestra identidad, se verá protegido, al igual que la pardela cenicienta o los guirres, para evitar que la taberna, el bar, el restaurante y la casa de comidas, asuman una función que no le corresponde. Desde la alegría que propicia la buena nueva levanto el vaso y brindo por Juan Caroso y por los que en su guachinche estuvieron. Salud.