ALBERTO RODRÍGUEZ ÁLVAREZ
Recuerdo haber trabajado, de niño, en una improvisada oficina de la Calle de la Marina en la que cada vez que entraba percibía el olor característico del gas utilizado en la cocina y que procedía de la fábrica que estaba instalada en Los Llanos. El recientemente desaparecido Rafael Arozarena tuvo a bien recordarnos, en una de sus entretenidas conferencias, que todavía existían muchas viviendas, en la parte baja de la ciudad, en las que una pequeña cruz en la parte baja de la fachada indicaba que habían tenido suministro de gas. La relación de los isleños con el gas, que había comenzado ya con el acetileno que era quemado en las lamparitas de carburo de calcio se remonta por tanto a un tiempo pretérito que todavía sigue siendo presente en la memoria de los mayores del lugar.
Con la llegada de la luz eléctrica y del gas butano la fábrica de gas se vio obligada a cerrar y en las ventas de barrio dejaron de venderse las piedras de carburo. Las lámparas incandescentes sustituyeron a las lamparitas de carburo y la cocinilla de gas butano a la cocinilla de petróleo. Fue un cambio espectacular del que todos salimos beneficiados.
De forma cuando menos curiosa, con el paso de los años, el gas ha vuelto a convertirse en agente protagonista ante un consumo energético que se manifiesta imparable y en el que ha planeado y planea la incertidumbre. Todos hemos sido informados –y el que no ha sido receptivo al mensaje es porque no le ha dado la real gana– de la importancia que puede tener el gas en la generación de energía, en el consumo industrial, e, incluso, en el consumo doméstico, pero, incluso así, incluso sabiendo de las ventajas y desventajas de este combustible que ha sido incorporado al mercado mundial hace ya algunos años, a la isla de Tenerife se le sigue negando su necesaria participación a la hora de consumir gas porque la planta destinada a la regasificación de un producto que no es ofertado en estado líquido está asociada, de momento de manera irremediable, a la construcción de un puerto, el de Granadilla, que permanece paralizado por culpa del interés ecologista y de las muchas irregularidades de tipo legal que se produjeron antes del parto, en el parto y después del parto de un proyecto en el que se han invertido muchos millones de euros y que fue gestado en medio de una evidente confusión cromosómica.
Creo que es de justicia apuntar en mi haber –y ahí están las hemerotecas para comprobarlo– el ser el primero que manifestó sus dudas con respecto a la construcción de un puerto en Granadilla no tanto por considerarlo innecesario como por salir en defensa de otro puerto, el de Santa Cruz de Tenerife, que consideraba infrautilizado y dejado de la mano de Luis Suárez Trenor. Debido al espacio temporal comprendido entre el ayer y el hoy puedo –y debo– otear el problema desde una perspectiva diferente. Y desde el nuevo punto de observación, situado en medio de una crisis económica de aquí te espero, puedo afirmar –por culpa de las incontables mentiras que han embadurnado los análisis interesados de las dos partes– que ni tienen toda la razón los detractores a ultranza del puerto ni los defensores por imperativo legal del mismo.
Pero para lo que no mantengo dudas, ninguna duda, es para la resolución de un problema, el del gas, que ya cae en manos del Gobierno que preside Paulino Rivero, es decir, que si el gas pasa por nuestra puerta y sin llamar el primer responsable será un Gobierno, el de Canarias, que, fiel a su estilo, ha hecho mutis por el foro para esconderse detrás del telón y confundido en la tramoya. Paulino Rivero le concederá a la oposición un argumento poderoso y convincente ante unas nuevas elecciones. Allá él; lo que se juega son los garbanzos.