ELFIDIO ALONSO
He aquí un romance que se presume antiguo, aunque no figure en colecciones y cancioneros del XVI y XVII. Algunos estudiosos, como nuestro Pérez Vidal, no dudan en atribuirles raíces medievales y claros rasgos carolingios. De ahí que muchos especialistas, como Maximiano Trapero, lo clasifiquen como perteneciente al Ciclo carolingio, al menos cuando se refiere a las variantes halladas en La Gomera. Otros se limitan a situarlo en el capítulo de "presos y cautivos", como hace Joaquín Díaz.
La versión más antigua de las conocidas lleva el nombre de Romance del Conde Lombardo, publicada en un pliego suelto del siglo XVI. Las posibles influencias del modelo carolingio responden precisamente a este primer prototipo, que le sirvió de argumento a Luis Vélez de Guevara para su obra La romera de Santiago (1622), quizás determinante en la posterior vinculación que sufrió el romance con el Camino de Santiago, como se desprende de algunos títulos que han llegado hasta nosotros a través de la tradición oral, y que más adelante veremos.
Conviene también decir en esta introducción que el romance de El Conde preso ha contado a través del tiempo con una funcionalidad de baile y canto de trabajo, como se deduce de las variantes recogidas por Joaquín Díaz y J.M. Fraile Gil en Castilla, y otra de Ciudad Rodrigo, en las que se usa el texto y música del romance para acompañar faenas agrícolas, como majar el centeno. También como canto de velas, según nos dice Joaquín Díaz.
A lo largo del tiempo, el tema central de El Conde Lombardo fue sufriendo numerosas contaminaciones, por otros romances que, durante los siglos XVI y XVII, habían funcionado de forma independiente, como son los casos de El Conde Vélez, No me entierren en sagrado, El pastor desesperado y otros. En cuanto a la fusión más utilizada en Canarias parece incuestionable que es la fórmula Conde Grifos Lombardo + No me entierren en sagrado la que se lleva la palma, como es posible comprobar ante las versiones recogidas en las distintas Islas. La mayoría desemboca en "el comodín", que es como denomina Pérez Vidal a la mezcla de la prisión del Conde con el desenlace de No me entierren en sagrado.
Este final común a casi todas las variantes recogidas en Canarias parece derivar de un fragmento de Flor de enamorados, de Juan de Linares (Barcelona, 1573), ya que los versos no admiten duda en cuanto a parentesco con la versión de Garafía (La Palma), que publicó Pérez Vidal: "No murió de calentura, / ni de dolor de costado: / mas murió de mal de amores, / que es un mal desesperado".
Aunque el foco central de El Conde preso haya sido localizado en Zamora, Salamanca y León, no conviene perder de vista los prototipos de Portugal y Galicia, con los que Canarias parece guardar una más estrecha relación a través de sus ejemplares mixtificados. Las variantes recogidas en las Islas podrían corresponder a influencias recientes, dado que las más arcaicas contienen el cautiverio del Conde –por haber violado a la infanta– y su posterior liberación, a cargo de su primo Don Bernardo (¿Bernardo del Carpio?, como pregunta Joaquín Díaz), quien consideraba al conde violador como un héroe merecedor de la libertad, amén de su condición de noble.
De ahí algunos finales de estas versiones más antiguas: "Toma primero mi espada, / juégala como hombre honrado, / que no quiero que ninguno / de mi sangre sea ahorcado".
Con el añadido de No me entierren en sagrado, que supone para el condenado el reconocimiento de su culpa, las versiones canarias acaban reprobando la acción delictiva del Conde, a quien se le condena muy al estilo de otros personajes del Romancero, como sucede en Ammon y Tamar, por citar un ejemplo bien conocido de todos. Se ve que la creatividad popular era más partidaria de condenar al Conde, en lugar de perdonar su vida por motivos de nobleza y linaje...