ANA MARTÍNEZ
Acabo de volver de Berlín. Fuimos porque queríamos asistir a la conmemoración del vigésimo aniversario de la caída del muro. Nos creímos originalísimos y exclusivos, pero aquello estaba lleno de gente de todas las nacionalidades y creo que lo que más había era españoles. Hasta canarios nos encontramos. De hecho, en nuestra misma planta del hotel había unos palmeros. Somos una plaga. Así que allí que estábamos, como unos catetillos más, contemplando los diseños de las mil fichas de dominó gigantes que se hicieron caer simbólicamente la noche del 9 de noviembre; contemplando la llegada de la comitiva de Hillary Clinton al Adlon Kempinski en medio de una calle tomada por los coches de policía; y mojándonos estoicamente –como los buenos berlineses de pro– apiñados en torno a la Puerta de Brandenburgo para ver a Angela Merkel atendiendo a sus invitados y escuchar a Plácido Domingo y a Jon Bon Jovi.
De todas formas, como todo eso se retransmitió convenientemente por la tele, no les aburro describiéndoles más a fondo el asunto, pero a la vista del empaque del acontecimiento y la magnitud de las estrellas (políticas y musicales) que asistieron, les será fácil imaginar el calibre del montaje de seguridad y de arquitectura efímera que se organizó en todo el centro de la ciudad. Para empezar, las 210 hectáreas del Tiergarten (un auténtico bosque en pleno corazón de Berlín) estaban valladas. Y no con las vallitas ésas amarillas que nos gastamos aquí, sino con las otras, de tres metros de altura, de varillas de acero y pies de hormigón. Las gradas de los invitados, la tribuna de prensa con aforo para dos mil periodistas (en alto, por supuesto, para que hubiera perspectiva sobre las hileras del dominó), las casetas de información y vigilancia, los francotiradores apostados en las azoteas de las embajadas cercanas (por si las moscas), la Unter den Linden cortada hasta la Komische Oper, cuatro pantallas gigantes para que se pudiese ver el espectáculo por toda la zona... Y todo lo que se puedan imaginar de la eficacia germana, además del muro simbólico propiamente dicho desde la trasera del Bundestag hasta la Postdamer Platz.
Ni que decir tiene que no hubo el más mínimo atisbo de caos en todo el día ni en toda la tarde-noche hasta que terminaron los actos y la fiesta, que fue a unas horitas más bien avanzadas. Y eso que allí había más gente que en la guerra pese a que llovía y hacía tres grados. Aun así, lo que más me impresionó fue que al día siguiente por la tarde todo aquello estaba recogido y despejado.
A la vuelta nos encontramos con que el último temporal se había cargado media comarca norte de la Isla. Se llevó por delante coches y buena parte de Playa Jardín, además de causar daños en viviendas. Aunque las comparaciones puedan ser difíciles (además de odiosas) me pregunto cómo es posible que una semana después aquí no hayamos terminado ni de limpiar el barro y los escombros. Y me pregunto si todos aquellos canarios que compartieron con nosotros la noche grande berlinesa se preguntarán lo mismo. Y, sobre todo, si sacarán conclusiones.