JOAQUÍN CATALÁN
Si el Ministerio de Asuntos Exteriores no logra solucionar la delicada situación por la que atraviesa la activista saharaui Aminatou Haidar en el aeropuerto de Lanzarote -lleva ya diez días en huelga de hambre-, sólo podremos hablar de fracaso y de ineficacia de la diplomacia española. Ya sé que la culpa es de Marruecos, que retiró el pasaporte y expulsó a Haidar el pasado día 14 de El Aaiún por negarse a poner su nacionalidad como marroquí en la ficha que hay que rellenar para el control policial, pero, ¿por qué se le permitió entrar en España sin documentación, con una simple tarjeta de residencia? Se trata de un incumplimiento grave de la Ley de Extranjería, que estipula que la tenencia de pasaportes y de documento nacional de identidad es requisito indispensable para entrar en nuestro país. Y más grave aún es que las únicas posibilidades que maneja Miguel Ángel Moratinos sean que ella acepte un nuevo pasaporte marroquí o que se acoja al estatuto de refugiada política, cuando no lo es. ¿Y la diplomacia? ¿No tenemos poder de convicción o es que vamos a permitir conscientemente que el reino vecino se ría en nuestra cara una vez más?
Moratinos rechaza la demagogia de los demás y se pone la medalla de "su" lucha por el pueblo saharaui, pero no hace nada para evitar el deceso de una luchadora por las libertades. Marruecos siempre gana las batallas a España: la del territorio, la de la agricultura, la de la pesca, la de la vecindad, la de la economía, la de la inmigración... todas. Y como "premio", nuestras autoridades rinden pleitesía al monarca Mohamed VI en constantes visitas a su despacho, un habitáculo que luce un mapa con las Islas Canarias como territorio marroquí.
En fin, si el Gobierno no tiene poder político para devolver a Haidar a su casa, mal vamos.
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