ELSA LÓPEZ
Juan Antonio Martínez Camino, portavoz de la Conferencia Episcopal, ha dado un aviso a los caminantes y peregrinos de este triste país y ha advertido que los que apoyen la nueva Ley del Aborto ya no podrán comulgar, cometerán pecado mortal público, y serán conducidos al fuego del infierno donde serán devorados por sus llamas y arderán sus carnes lentamente. Quemados vivos como era costumbre en otros tiempos cuando la iglesia mantenía el temor a Dios a base de hogueras y castigos no muy difíciles de imaginar, que en eso de torturar a los herejes siempre ha sido una experta. Si. Serán quemados y, encima, excomulgados o expulsados o desechados, que da igual, por la santa madre iglesia. Pecadores son y como pecadores serán tratados. ¡Virgen Santa! Cuántas maldiciones sobre nuestras pobres cabezas de miserables ciudadanos en paro, con hambre, sin casa, sin trabajo y, encima, sin comunión, nuestro único alimento. Menos mal que los señores de la Conferencia Episcopal no son la iglesia aunque pretendan representarla, al igual que sucede con nuestros gobernantes que no somos nosotros aunque ellos lo crean porque los voten sus amigos y parientes. Ni esa iglesia me representa, ni esas amenazas me dicen nada. Estar o no estar de acuerdo con la Ley del Aborto va más allá de órdenes, amenazas, condenas, y hogueras encendidas con cuerpos imaginarios chamuscándose en las plazas públicas. No tenemos miedo ni somos como niños asustadizos esperando la llegada del demonio con tridente y patas de cabra. El demonio no existe y esa iglesia retrógrada y enferma, no existe, dos razones más que suficientes para no tenerles miedo y ser libres para decidir lo que queramos hacer con nuestros cuerpos y nuestras almas. No me asustan sus discursos tenebrosos años 50 cuando iban por los pueblos describiendo las torturas del fuego eterno, ni me asustan sus amenazas de dejarnos sin comulgar. La verdadera iglesia nunca fue de ellos. Si su Dios existe y tiene ese discurso violento y agresivo por un pensamiento distinto al suyo, no me interesa lo más mínimo y estaré encantada de ir a la hoguera por una causa que creo justa. Si los cristianos son algo parecido a las doctrinas de Jesús, entonces podemos sentarnos a discutir razonablemente la posición a adoptar en un tema tan delicado como de quién es mi cuerpo y cuáles son las decisiones que puedo tomar sobre él. Entre Jesús y yo hay buen rollo y seguro que podemos hablar de determinados asuntos sobre los que, probablemente, entiende más que la mayoría de sus apóstoles que eran bastante machistas y se pasaban la vida expulsando a las mujeres del lado del maestro.