PEDRO H. MURILLO
No es de mi agrado realizar valoraciones relacionadas con algún tema que, por mi condición de plumilla, tengo la suerte o la desgracia de informar. Huyo de los circunloquios, de los simulacros gramáticos y de esa pandemia de onanismo periodístico que padecemos, seamos lectores o escribientes. Creo que usted, que hoy se encuentra frente a su café con leche, paseando al perro o lo que quiera que haga, estimado lector, en este día de descanso, no ha cometido ninguna tropelía para que le cuente mis neuras. Pero hoy, mientras usted degusta su merecido café, su habitual paseo, quiero hablarle de Manuel. Es uno de los miles de vecinos que fueron damnificados por las riadas que padecimos en la zona del norte de Tenerife y que dejó devastada gran parte de las medianías. La casa de Manuel, simplemente, no existe; y con una compañera fotógrafa nos acercamos a visitar lo que quedaba de su garaje. Manuel estaba empapado de lágrimas, barro y sudor, a partes iguales. Lo ha perdido casi todo. En estos casos, las autoridades, cuando llegan al lugar de las catástrofes, siempre lo hacen con un cierto semblante que denota un atisbo de culpabilidad. La mirada de Manuel estaba vacía y esos ojos eran fiel reflejo, un patrimonio universal de todas y cada una de las miradas que contemplamos aquel fatídico día, cuando parecía que el cielo se vaciaba, como si alguien le hubiese dado la vuelta a la tierra. Después, tras acabar las crónicas y desembarazarme de las toneladas de pesar y lodo, me percaté de que esas miradas vacías reflejan la pérdida de la memoria. En estas ocasiones, como dije anteriormente, las autoridades suelen recurrir a la manida, y sin embargo cierta, sentencia de "no hay que lamentar daños personales", pero Manuel, Carmen, Rocío y una infinidad de caras con nombre y apellido tenían la mirada vacía; desalojada de recuerdos porque una tromba de agua y lodo los habían borrado, enterrado y desintegrado. Creo que sí, hay pérdidas personales, porque la persona, el Yo, no es más que una materia hecha de memoria, de fotografías, de esquinas de nuestra casa en donde hubo, tal vez una confidencia, un beso furtivo, una mirada de complicidad; ahora esos remansos, simplemente, no existen, están sepultados. Lo que hacía Manuel y tantos otros, al intentar retirar desesperados el barro con sus manos, no era otra cosa que una suerte de arqueología urgente para recuperar ese pedazo de memoria. Ahora, han pasado cinco días y, con esa desazonadora tranquilidad que provoca la llegada de los cielos límpidos y la quietud de un despacho, frente al teclado, pienso en Manuel y en todos lo que continúan vacíos de sí mismos; de recuerdos. Pienso en lo que han perdido. Imagínense la cantidad de retazos que conservamos, pero que valen tanto. Esos animales domésticos que asumimos como un miembro más de la familia, que ahora reposan sobre metros de barro. Piensen si les ocurriera en sus casas; que de improviso, en menos de 15 segundos, una parte de nosotros se diluyera en barro. Nos encontramos, nos reconocemos en los objetos, en ellos hay partículas de lo que somos y hemos sido. Desde un álbum de fotos hasta la factura de la luz. Son guarismos que nos identifican, que nos hacen Ser y Estar. Imagine que, cuando regrese de ese paseo, de tomar el café con leche, de haber comprado este periódico, sus objetos no estuvieran, sus libros, fenecidos bajo la tierra y su taza favorita, inservible. Hoy he querido dedicar este espacio a Manuel y todos los que sufrieron la maldita riada y lo he escrito sin puntos y aparte, como un torrente de barro y de ira. No sé si las ayudas anunciadas servirán para inaugurar vidas nuevas, pero no me quito de la cabeza esas miradas huérfanas de sí mismas.