JOSÉ LUIS SAORÍN
Acabo de leerme un cuento ilustrado de Emilio Salgary. Lo hago porque aunque hasta hace poco, sus historias me parecían del pasado, ahora me parecen demasiado actuales. Los piratas, como tantas otras cosas, se están poniendo de moda. El mundo camina hacia el futuro, de la mano del pasado. Así que aunque estamos rodeados de tecnología, de internet, de teléfonos móviles y de muchas otras cosas, al final, una banda de piratas sigue teniendo tanto gancho como lo tenía en el siglo diecisiete. El futuro, que hace unos años estaba lleno de coches de hidrógeno, teletransporte y paz mundial se ha llenado de pasado y de parches en el ojo. Con mi vida pasa lo mismo, conforme me hago mayor vuelvo a las lecturas de mi infancia y mi futuro se parece cada vez más a mi propio pasado. Llevo una temporada comprando tebeos de los de antes, novelas ilustradas llenas de piratas y viajes al centro de la tierra y curiosamente me gustan más que las que encuentro en las librerías actuales. Así que yo, que acabo de descubrir el libro electrónico y que ya no quiero ver el papel, sigo comprando mis lecturas juveniles para guardarlas con cariño. Allí veo a corsarios y galeones surcando los mares y peleando por monedas de oro, lo mismo que observo cuando abro un periódico en internet. Casi todo lo que leo es digital, pero las historias son parecidas. Ya no hay doblones de oro, pero el precio de los lingotes está en su máximo histórico, quizás porque dentro de poco serán objeto de deseo de los piratas de los mares. Miro la cartelera y me encuentro en tres dimensiones la misma historia de fantasmas que me hizo temblar cuando era un niño. Una historia de fantasmas, ambientada en el Londres más victoriano y miserable, que ahora vemos con gafas o quizás en la pantalla plana del televisor. A veces tengo la sensación de que lo único que cambiamos es el soporte. Repetimos las mismas historias de ficción y las mismas aventuras reales. Seguimos soñando con princesas de telediario y con superhéroes de salón. Vivimos en un mundo digital con sueños analógicos. El mundo se repite y avanza tan lentamente que parece un caracol borracho. En teoría deberíamos haber avanzado, se supone que después de cien años las cosas deberían ser distintas, pero son sospechosamente parecidas. El otro día terminé un libro que me parecía actual y al ver la fecha de escritura descubrí que tenía cincuenta años. Las historias que leía mi abuela me sirven a mí, envuelto en un paquete digital y con tinta electrónica, pero eso son detalles menores. Las mujeres siguen siendo madres y viviendo en un mundo de hombres que no tolera a los hijos como excusa, los niños siguen siendo niños y desean ser piratas para luchar en el mar y los piratas siguen naciendo en sititos miserables cuya única opción de vida es robar atunes para casarse con una mujer que no sea independiente.