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Sin conclusiones

Querida maestra...

 
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ANTONIO ÁLVAREZ DE LA ROSA
Meter las narices en cartas ajenas se parece al allanamiento, a husmear en la intimidad de una casa. Sin embargo, uno olvida la mala conciencia al comprobar que, tras la indiscreción, acaba por penetrar en las interioridades ideológicas y creadoras de los corresponsales, les llega a conocer mejor, a ellos, a su época. En este caso, a dos figuras de la literatura y del pensamiento: Gustave Flaubert y George Sand. Reflexiones que parecen destinadas a analizar nuestro rabioso presente –el que da rabia, quiero decir–, la anatomía de los cuerpos individuales y sociales, la condición humana que no ha dejado de ser la misma desde que nos bajamos del árbol y nos enderezamos por los tortuosos caminos de la historia. Al leerles, siglo y medio después, tenemos la misma sensación que nos asalta cuando nos calentamos al calor de los clásicos. Parece que escribieran para nosotros y para nuestro tiempo, que nos sirvieran de asideros para no naufragar en el mar de los sargazos de la actualidad, que nos animaran a seguir caminando por entre la maleza de lo cotidiano. Se trata de una relación epistolar entre dos amigos que nunca debieron serlo. La diferencia de edad y la trinchera ideológica y literaria que cada uno ocupaba conforman visiones antitéticas de la vida y de la literatura. Flaubert empezó detestando la obra de Sand y acabó rendido ante la personalidad, la firmeza de sus criterios, la bondad, la generosidad y la honradez de Notre Dame de Nohant, nombre del pueblo donde la escritora pasó la mayor parte de su vida. Un hombre y una mujer en la segunda mitad de un siglo que no se caracterizó precisamente por reconocer la igualdad entre los dos sexos. Un misógino, pero creador de uno de los grandes arquetipos femeninos de la literatura, frente a una luchadora por hacerse respetar como escritora y como mujer, una protofeminista en territorio inhóspito.
Es difícil encontrar una correspondencia tan monumental y tan hermosa como la de Flaubert. Extensa e intensa, las miles de cartas que escribió a lo largo de toda su vida (la primera conocida ya a los ocho años), constituyen la fuente más nutritiva para conocer no solo los aspectos biográficos e ideológicos, sino también para poder bucear en la génesis de su obra literaria. La correspondencia de Flaubert debiera ser, por otra parte, de obligada lectura para todo aquel que sienta la tentación de convertirse en escritor y para quien, ya siéndolo, se vea prisionero entre los barrotes del éxito y la gloria, cautivado por la idea de "haber llegado". Para quitarse de encima esa sombra castradora nada como leer este párrafo: "Ningún gran genio concluyó y ningún gran libro concluye, porque la humanidad misma está siempre en marcha y no concluye". Soy tan flaubertiano que se nota hasta en el hecho de que, desde hace unos quince años, el cintillo de mis artículos periodísticos se titula SIN CONCLUSIONES. La antología que he realizado de las cartas a George Sand y a Leroyer de Chantepie es el resultado, ante todo, de mis preocupaciones sociales e ideológicas. He procurado extraer aquellas que pueden ayudar a comprender y a comprendernos, a entender lo que pasa en nuestro derredor y lo que nos pasa aferrados a la balsa de la vida. Flaubert no un moralista edificante, sino más bien un moralista demoledor, un provocador que dice verdades de mármol y que, por eso mismo, choca sobre todo a mentes acomodadas, a los que se alimentan de las verdades recibidas, sin ponerlas nunca en tela de juicio. Por ejemplo y en el marco de la guerra franco-prusiana de 1870, esta perla de su pesimismo lúcido: "Me afligen 1º la ferocidad de los hombres y 2º la convicción de que entramos en una era estúpida. Seremos utilitarios, militares, americanos y católicos".
Palabras pronunciadas en la presentación de Mi querida maestra... (Escritoras en la Correspondencia de Flaubert), ed. El Olivo Azul.

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