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Nuevos aires

Independencia no, gracias

 
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JOAQUÍN CATALÁN
El escritor vasco, filósofo y cofundador de Unión, Progreso y Democracia (UPyD), Fernando Savater, nos premió esta semana con su presencia en la Isla. Nunca pasa desapercibido y sus palabras, de enorme profundidad, jamás se volatilizan. Savater habló en Santa Cruz de nacionalismos, a los que definió como "dolencia política" y "legado (más respetable) de los caciquismos del siglo XIX", y los clasificó en dos estratos: leves y agresivos. Los leves, en su opinión, son una especie de instrumento para lograr algún beneficio del Estado (mercantilismo), mientras que los agresivos se tornan por desgracia en fiebre independentista.
En Canarias, el nacionalismo es leve, aunque en mi opinión es más una superación de los insularismos, o una suma de ellos, que una ideología, y sólo en contados casos, porque caben en una guagua –patrocinada por El Día–, se puede hablar de independentistas. ¿Cómo se entiende que antaño clamáramos atención al Gobierno de la Nación y a la Unión Europea porque nos sentíamos abandonados, y ahora se persiga el separatismo de España y de Europa? Es ilógico, pueril e irresponsable, y nos alejaría de la senda del progreso y del desarrollo... del futuro.
Las calles son la guía, siempre y cuando se transiten. Los habitantes de las Islas se sienten tinerfeños, palmeros, gomeros, herreños, grancanarios, majoreros y conejeros, canarios, españoles y europeos. Y protagonistas del mundo, complejo mundo –siempre mejorable– que nos ha tocado vivir. La identidad canaria, el amor a la tierra y a las tradiciones, el himno, la bandera, cada Isla (con su idiosincrasia), el Archipiélago y cualquier sentimiento de canariedad son comunes a todas las personas cabales, sean de donde sean, pero son compatibles de veras con otras sensaciones.

Afán de superación
Los sentimientos son muy personales, al igual que las ideologías, y todas ellas confluyen hasta sentirnos clones (el viernes escuché a un experto que lo argumentaba y me encantó). No, no lo interpreten a la ligera. Somos individuos, individuales, pero con características, con detalles que nos hacen diferentes. Vean, si no, la secuencia de la vida y de la muerte. "De esta vida nadie sale vivo". Es verdad. "Nacemos para poder morir". Cierto. Pero hay que ir más allá, traspasar las fronteras de la lógica y la razón, de la sensatez, pero a mejor. A veces, volviendo al inicio, algunos nacionalistas espetan: "Somos de aquí", "Nuestra tierra"... para recabar votos. No lo censuro, pero cualquier canario, con su ideología, su devoción, su amor al terruño y a los suyos, lo siente, y es ajeno a la política. Nuestros diputados y senadores, en Madrid, de cualquier signo político, adoran y defienden lo suyo, y da igual las siglas. Defienden a su gente, sean populares, socialistas y nacionalistas.
Decía al principio que el nacionalismo canario difiere de los históricos (gallego, vasco y catalán), por necesidades, y no por falta de historia, sino por motivos de lejanía e insularidad. Y es criticable, claro que sí, el olvido histórico de Madrid hacia las Siete Islas, pero el secreto consiste en negociar, no en fracturar. El nacionalismo canario es una suma de insularismos y de necesidades. Y no sólo lo digo yo, sino personalidades tan acreditadas como Juan Manuel García Ramos, escritor, político y presidente del Partido Nacionalista Canario (PNC). Decía hace años en uno de sus escritos: "La insularidad, la naturaleza física fragmentada de Canarias, tiende a atomizarnos anímicamente, a introducir en nosotros un virus de dispersión. Se trata de combatir esa tendencia y de articular un discurso cultural y político superador de las inconveniencias geográficas: o nos convertimos en los siete pecados capitales o en las siete maravillas del mundo, dicho sea todo esto en clave algo exagerada". Coincido. "La insularidad es una condición geográfica; el insularismo es una ideología. Al ser un archipiélago dependiente de poderes estatales ajenos a él, el canario ha sido siempre manejado desde el exterior y enfrentado en su propio territorio repartido. Es nuestro sino. También es nuestro mayor reto cultural y político el vencer ese hándicap".
Tuvimos que esperar al Estatuto de Autonomía de 1982 para reencontrar de nuevo el viejo espíritu de la unidad de las islas que hombres y mujeres de las letras y de las artes habían cultivado con esmero y generosidad muchos años antes y muchos años después, hay que reconocerlo.
La autonomía es un trabajo diario y esforzado, pero tenemos la obligación de salvaguardarla. Las islas, cada una por su lado, a pesar de su valor, no van a ningún sitio. Esas islas han de entenderse y de proyectarse más allá de sí mismas en este Atlántico que nos da pistas sobre nuestra manera de ser y de encontrar entre todos una fe común en el futuro.
No son tiempos de insularismo, aunque no podamos desentendernos de nuestra insularidad. La insularidad es la geología, el insularismo es la ideología anacrónica y el autonomismo es la obligación de todos. Del Gobierno de Canarias en primer lugar. ¿Lo ven? No le quito ni una coma.
jcatalan@epi.es

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