FÁTIMA HERNÁNDEZ MARTÍN
Dice la RAE que estar en el limbo es... ignorar los entresijos de un asunto que nos afecta...", entre otras muchas acepciones que tiene la palabra, la mayoría de las cuales hacen referencia a ámbitos donde la tradición ubica a aquellos que no han recibido el bautismo (creyentes) o que no se han espabilado (no creyentes). No sé si alguno de ustedes, señores, ha estado en el limbo alguna vez, yo reconozco que llevo unos años en ese lugar, o quizás he estado allí siempre. Es curioso el limbo, sí, es un lugar extraño o un estado extraño, porque mientras estamos en él, no nos enteramos de muchas de las cosas que ocurren a nuestro alrededor, al menos no somos conscientes de que algunas están sucediendo y retornas a la realidad cuando han pasado o se han resuelto afortunadamente de manera satisfactoria. De todas formas, hay que decir que no se está mal allí, no, porque entras en una especie de aletargamiento emocional que te impide percatarte de acontecimientos que te harían desatar todo un infierno o dejar de creer en la existencia de paraísos ansiados. Además, mientras transitas o te instalas en el limbo no te enteras cómo van los ministerios, el paro, los presupuestos, las guerras en países lejanos alentadas por gobiernos cercanos; el hambre más allá de los atestados comedores sociales, los malos tratos de algunos hombres hacia mujeres o viceversa, las epidemias de gran extensión y manipulada difusión; la especulación no tan precoz, las mentiras, las crueldades... Incluso en cierta manera, a diario, la gente que nos rodea "obliga" a posicionarnos urgentemente en paraísos arquetipos –ficticios e idílicos– que todos sabemos no existen en este mundo o intenta hacer de algunos momentos de la vida pequeños infiernos. Curiosamente en este punto recuerdo que el escritor, humorista y periodista Mark Twain comentaba que –si existía el Paraíso, en el caso de Adán sería sólo donde estuviese Eva, o bien en relación al Infierno, el mismo autor en una de sus muchas citas magistrales exponía... aunque prefiero el Paraíso por el clima, me gusta más el Infierno por la compañía. Esos diversos infiernos y paraísos los intenté descubrir desde pequeña, quizás inmersa en mi propio limbo, en uno de los libros que leí a finales de los setenta y que presentaba sociedades modélicas y avanzadas, como falsas y tristes. Hablo de Suecia: infierno y paraíso, que aun con todas las incorrectas lecciones que insinuaba, tuvo un papel importante, al menos en mi limbo de adolescencia recién estrenada. Ahora he vuelto a releer dicho libro, desde otra perspectiva, la que dan los años; al igual que he redescubierto a Twain en una presentación peculiar de su obra Guía para viajeros inocentes que Ediciones del Viento acaba de sacar a la luz hace poco tiempo (2009). Es el mismo Mark Twain (Missouri, 1835) que eligió ese seudónimo, se llamaba Samuel Langhorne Clemens, porque significaba "a dos brazas de profundidad, marcando dos brazas" (calado mínimo necesario para la buena navegación), en alusión a la época en que surcaba el plácido y sofocante Mississippi. Porque él trabajó como piloto de un barco de vapor en el mentado río, tan vinculado desde siempre a su historia personal y a la de todos ¿quién no ha leído Las aventuras de Huckleberry Finn? También ejerció otros oficios, el primero de todos como aprendiz en una imprenta, impronta que quizás marcó premonitoriamente un destino que le iba a llevar de mayor a estar muy vinculado a letras que le dieron reconocimiento universal. Es el mismo escritor irónico y mordaz que plasmó momentos convulsos y dolorosos para una nación que aunque habló de derechos humanos, previamente no consideró igual al blanco que al negro y compraba y vendía esclavitud como grano de cosecha, exhibiendo prejuicios con total impunidad. Ese Twain –Doctor Honoris Causa por la Universidad de Oxford (Inglaterra) en 1907–, se apuntó junto con otros viajeros a uno de los primeros circuitos programados de la Historia, el que le llevó a descubrir Grecia y Oriente Medio en una época, eso sí, poco propicia a los desplazamientos de turistas, como fue el siglo XIX, etapa que nunca los quiso organizados en cómodos hoteles, ajetreadas y puntuales visitas culturales o saneados navíos, sino al contrario los prefirió aleatorios y anárquicos, sin final conocido, ni estaciones, trayectos seguros, paradas estipuladas o guías especializados, no, en ese siglo los viajeros se decantaban por aventuras románticas, apasionadas y soñadoras con dificultades y contratiempos, bandidos, enfermedades, rodeos, asaltos... sólo así se garantizaba el pase a la Historia, pero no a la de ellos, sino a la de todos. El Twain que se inscribió en ese primer viaje organizado, como reportero del diario Alta California, pudiera parecerse a uno de nosotros mientras disfrutamos de alguna ruta establecida detalladamente para las vacaciones. Dicha experiencia la plasmó en la obra The innocents abroad (1869) antes citada, aunque no cabe duda que fueron Tom Sawyer o Huckleberry Finn, las que le otorgaron mayor reconocimiento, al igual que el escribir Las Memorias del General Grant. Ese sagaz redactor un día exclamó... Si quieres saber si amas u odias a alguien, haz un viaje en su compañía, pues creo que estaba en lo cierto y bien podríamos ponerlo en práctica ante la duda, salvo está que cada uno prefiera seguir cómodamente instalado en su limbo particular o muy, muy cerca... como "mark twain", es decir, como marcando dos brazas de él.