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La ciprea

La sombra del emperador

 
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ELSA LÓPEZ (A Francisco Pomares)

Es alargada, densa, extrañamente poderosa, como el mismo emperador. Y lo sé porque él mismo ha venido a confirmármelo. "Mi sombra es poderosa, tanto o más que yo mismo". Ahora lo creo. Ahora entiendo sus palabras cuando hace apenas unos días me llamó para que fuera a visitarlo y cometí la imprudencia de hacerle una pregunta que nunca tenía que haberle hecho: ¿Por qué no estimas lo que pienso y no aceptas como buenas mis críticas al imperio? Eso fue lo que le dije. Desde la ventana, la tarde se hacía lenta sobre las calles de Roma. El silencio fue como una losa sobre mi cabeza y antes de que pudiera responderme, yo ya sabía la respuesta. Por eso me levanté y crucé las puertas del palacio por última vez. Afuera el pueblo me esperaba para aclamarme como siempre que visitaba al emperador. El pueblo lo sabe todo y presentía que aquella era mi última visita. Levanté un brazo y sonreí. El pueblo rugía al fondo de las escalinatas. El pueblo conocía el final y cómo sería ese final para mí. Todos estaban al corriente de que yo había desafiado al emperador; que había escrito palabras duras contra él y contra los crímenes que el imperio cometía en los pueblos sometidos. Y todos, sin excepción, conocían el poder del emperador. Ni los senadores se sentían capaces de alertar contra él. Y por eso, cuando el emperador dormía, su sombra recorría las calles; cuando se retiraba a sus aposentos, la sombra se encaramaba a lo más alto de la ciudad y paseaba su mirada por todo el orbe sometido. Era más temida la sombra del emperador que el propio emperador. Los lacayos se postraban ante ella y los viles de cualquier provincia le soplaban al oído libelos y mentiras. Ese fue el origen sin duda de mi expulsión, primero, de la ciudad de Roma; de la persecución y los atropellos de que fui objeto, después; y de cómo mis amigos empezaron a temer por mi vida y por mi alma. Pero ya todo acabó. Ahora el emperador sabe que yo sé que he caído en desgracia por culpa de mis palabras y discursos contra él. El emperador sabe que nada ni nadie puede callarme y que de nada valen los avisos que me hace a través de los esclavos para que calle o no diga o no perturbe a los ciudadanos con mis escritos. Por eso me invitó a comer. Para enseñarme desde lo alto de las colinas hasta donde llega el poder de su brazo y el poder de la sombra de su brazo. Y para despedirse. Porque ahora ya sabe que antes de doblegarme prefiero morir.

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