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Prisma inocente

La mar es ancha y ajena

 
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ALBERTO RODRÍGUEZ ÁLVAREZ A los canarios no debería asombrarnos tanto el cúmulo de dislates que se han sucedido como consecuencia del abordaje sufrido por el atunero Alakrana a manos de esos piratas del siglo XXI que viven en el llamado cuerno de África. A Somalia me estoy refiriendo. A los canarios no debería sorprendernos esta primitiva –y por primitiva salvaje– manera de comportarse porque recordamos un tiempo –y no remoto precisamente– en el que nuestros pequeños e indefensos pesqueros fueron abordados por otros piratas, los del Frente Polisario, con nocturnidad, alevosía y dejando algún muerto por el camino. Y lo que nos hace sangrar por los poros es que los ataques a los pesqueros canarios fueron realizados en zonas marinas próximas a las Islas y que participaban con su nombre en la denominación del banco de pesca: banco de pesca Canario–Sahariano. Además, justo y sano es recordarlo, del pueblo saharaui se pensaba que era nuestro amigo. Con amigos como ese sobran los enemigos.

He sido testigo, porque no han faltado las opiniones en los periódicos, que a los más progresistas del lugar lo que les preocupa, más incluso que el drama del Alakrana, es que el problema pivota en torno a las grandes flotas pesqueras y a las prácticas abusivas de las mismas hacia unos recursos pesqueros que tienden a su desaparición prematura. Vamos, que lo realmente sustantivo de la cuestión es el dominio del hombre blanco sobre un pueblo negro empecinado en seguir anquilosado en un tiempo que conecta con los albores de la Historia ya que, desde la dominación de otros pueblos conquistadores, lo único que se ha hecho es explotar y aprovecharse de los recursos existentes en el territorio. Para no variar, el negro encarnado en la víctima y el blanco en el verdugo. La eterna cuestión del bien y del mal.

Totalmente de acuerdo en que estos grandes barcos y sus interminables aparejos de pesca no van a dejar un solo atún para el arca de Noé. Pero el problema no hay que buscarlo en los atuneros españoles sino en unas leyes internacionales –plagadas de errores y rebosantes de incumplimientos flagrantes– que permiten pescar, con ciertas restricciones, en aguas cuya pertenencia –aguas internacionales– se les ha asignado a todos los países del mundo. La causa para que los barcos españoles, generalmente enarbolando una bandera de conveniencia, arrumben hacia lugares tan distantes es debida a que en la zona que nos ha sido asignada como propia no hay suficiente pesca para convertir en rentable tanto sacrificio y tantas lágrimas. La familia, ya se sabe, siempre espera oteando al horizonte.
El drama protagonizado por dos de los piratas a los que España osó aprehender no encuentra cabida en el sentido común de las personas que tengan dos dedos de frente. Esta gente, en cuyo país siguen estando vigentes las guerras tribales, no van al atunero para que se les enseñe a pescar cosa que, dicho sea a propósito, les vendría muy bien para salir de su secular subdesarrollo. Estos piratas tienen muy claro que se gana más secuestrando a seres humanos para luego comerciar con ellos poniendo precio a sus cabezas. Y si se tercia y hay que matar a alguno pues, eso, lo matan. Y lo mismo si lo que procediera fuera hundir el buque utilizando un torpedo de segunda mano. Ellos no precisan de la patente de corso –ni del consentimiento de nadie– para ejercer su nuevo oficio porque se consideran libres de cualquier tipo de atadura. Que el error ha sido el traerlos para ser juzgados, puede. Pero de ese error nuestro, del que nadie ha salido lastimado, no deben alimentarse los juicios de valor y temerarios de los que se creen defensores del prójimo y no de los que se defienden a sí mismos desde el Derecho Internacional. País.

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