LUIS MORA (*)
Hace unos días en una entrevista radiofónica me preguntaron, no sé cuantas veces ya, si el partido al que estoy afiliado es de izquierda o de derechas, pero la pregunta no terminaba ahí, ¿sois jacobinos?, ¿contrarrevolucionarios?. La ampliación de la pregunta me pareció interesante y menos manida que todas la planteadas con la dicotomía, izquierda o derecha.
Conocer algo implica adjetivarlo por lo que en todas las ocasiones contesto pacientemente a este maniqueísmo político; somos transversales, ¡cómo!. Las ideas encorsetadas, monocolor que hicieron fortuna en el siglo XX, no encajan bien con un mundo globalizado y una sociedad cada vez más mestiza, que precisa más de garantías democráticas y de administraciones eficientes, que de teorías políticas monolíticas. Los actuales partidos mayoritarios son más de derecha o izquierda en función de fidelizar a su correspondiente electorado, aquel electorado que vota, "porqué ese es mi partido", sin el necesario sentido crítico, y en la inmensa mayoría de los casos sin haber leído una línea de sus respectivos programas electorales.
Ser transversal implica, en aras de una administración eficiente, adoptar las políticas más adecuadas para el mejor servicio posible a la ciudadanía, sin tener en cuenta si una política determinada ha sido tradicionalmente defendida e implementada por la derecha o la izquierda. Naturalmente no paso por alto que todo esto dentro de las garantías y libertades, sin las que no seria posible, ni la de uno de los dos adversarios convencionales, ni la existencia de nosotros.
Sin garantías y libertades, o sea democracia, nada se logrará. Y quizás los Jacobinos olvidaron esta premisa y cometieron el error de "las amistades peligrosas". El modelo de democracia expuesto en el S.XVIII por Jean Jacques Rousseau, en "El contrato social", influyo decisivamente en la ideología jacobina, y por tanto en la idea de que la soberanía reside en el pueblo, y no en un determinado cuerpo dirigente. Mucho se ha escrito de teoría política y muy densa ha sido la historia en los dos siglos y poco más que nos separan de ellos, pero sí es cierto, algo de jacobinismo hay, pero de los jacobinos de antes de la detención de Varennes, de los que eran de verdad demócratas radicales y no de los que cedieron al Terror y a los Sans Culottes.
En cuanto al centralismo jacobino, idea dificilísima de defender hoy, gracias al éxito del paradigma cultural post franquista, que ha asociado la modernidad institucional con el estado descentralizado, no es lo que defendemos, pero: ¿que hay de malo en defenderla?. ¿No es tan honesto y democrático defender el estado centralizado que el descentralizado?. Lo que sí es obligación, no digo política, ciudadana, es defender un modelo consensuado que funcione con premisas de igualdad, efectividad, seguridad jurídica, máximo beneficio ciudadano, mínimo costo posible, algo que, aunque nadie lo reconozca públicamente, no está ofreciendo el modelo actual.
En cuanto ha ser contrarrevolucionarios, antes tiene que haber revolución, no entendida como unas serie de manifestaciones y algaradas más o menos incruentas; pero sí una revolución de ese paradigma cultural al que antes me refería, a la idea de la participación, a la responsabilidad ciudadana común ante el hecho público, ante el clientelismo más decimonónico que ha vuelto a surgir, ante el vergonzoso espectáculo del saqueo de las arcas públicas, ante el sistema que esta dando señales del conservadurismo más cerril de determinadas fuerzas políticas. Sí le contesté, no somos contrarrevolucionarios, defender las ideas que defendemos en el actual modelo nos hace ser revolucionarios, y no porque el corpus ideario sea tan novedoso como para un cambio tan drástico como el de 1789, simplemente porque nos atrevemos a hacer público aquello que un gran porcentaje de nuestros conciudadanos expresan en privado y porque no queremos un secuestro de la igualdad y la democracia.
* Miembro del Consejo Político de Unión Progreso y Democracia