JOSÉ LUIS SAORÍN
Me gusta leer libros donde aparecen personas mayores. Quizás no como personajes principales, pero sí como secundarios. Supongo que eso se debe a que he cruzado la barrera de los cuarenta años y tengo curiosidad por saber lo que me depara la vida. Me gustan los autores suecos porque muchos de los habitantes de su literatura son personas mayores que viven solas. Muchas veces es triste y sobrecogedor, pero otras veces tiene un aire optimista que te anima a llegar a los ochenta años. Llegar a los cuarenta es algo curioso, porque te coloca en la mitad estadística de tu vida y sin querer te hace darte cuenta que ya no eres un adolescente y que te queda menos por delante que por detrás. No lo digo con pena, sino sólo constato algo de lo que sin meditar sobre ello, uno empieza a notar. De repente miras con mayor detenimiento a las personas mayores, a las que se jubilan, a las que enferman e incluso a las que mueren. Las miras porque dentro de poco serás una de ellas y dependerá de la suerte lo que te ocurra en esos años. La gente suele decir que ahora nos conservamos más jóvenes, más animosos y que una persona de sesenta de ahora no tiene nada que ver con las de antes, pero por desgracia no es del todo verdad. Cuando la edad se acumula en tu mochila, hay ciertas cosas que pesan y ciertas otras que son más probables. Los hijos por un lado te rejuvenecen y por otro, te hacen más consciente de tu propia edad. Empiezas a escucharlos y te das cuenta que tú ya has sido niño, incluso adolescente y adulto, que has pasado por muchas etapas de la vida y que a sus ojos no sólo eres mayor sino casi viejo. Al menos eso es lo que me dice mi hijo, que piensa que soy tonto, viejo y feo. Pero lo dice con cariño, eso sí, no para hacerme daño, sino sólo porque lo piensa. Lo cual es lógico porque tengo la edad de mi propia abuela cuando nací. El caso es que entre los hijos, la edad y la literatura sueca, empiezo a pensar que hay que preparar las próximas décadas de vida, pensando más en el cierre de la función que en la apertura de la misma. Quizás California o Florida, esos estados donde van a morir los jubilados mientras toman el sol, sean espacios adelantados a su tiempo. Porque muchos suecos terminan buscando el sol en sus últimos años y yo que he tenido demasiado sol en mi vida, me pregunto si en ese momento lo agradeceré o me iré a morir a una nevera. En fin, que por fin soy consciente de las personas mayores, porque ya soy una de ellas. Que empiezo a entender esa parte de la vida que quedaba oculta por la juventud y que me gusta verla, incluso aunque uno sepa que después de ella cae el telón.