JOSÉ A. DELGADO DELGADO (*)
Es importante destacar, en cualquier caso, que en ninguno de estos periplos literario se citan o mencionan islas que pudieran suponerse las Canarias. No obstante, el de Polibio y tal vez el de Pseudo-Scylax tienen el interés de registrar antiguas empresas de reconocimiento y exploración de la costa africana al menos hasta la posición de Mogador y, en el caso del primero, quizás hasta la latitud del cabo Drâa (28.43 N 11.09 O). La literatura grecolatina conserva, por último, ciertas noticias aisladas sobre islas atlánticas que han sido tradicionalmente citadas a propósito de la historia más antigua de Canarias. Se trata de referencias breves y descontextualizadas que se encuentran principalmente en autores de los siglos I a. e. y II d. e. y de las que no se puede determinar con seguridad la fuente última de la que dependen. Las información transmitida está, además, fuertemente impregnada de temas y tópicos propios de las tradiciones míticas relativas a las Islas de los Bienaventurados y Campos Elisios (alusiones frecuentes a condiciones climáticas benignas y abundancia de productos naturales, entre otros), lo que ya hacía sospechar a Plinio sobre su historicidad. De entre esas pocas noticias sólo las recogidas por el enciclopedista (de quien dependen, a su vez, las de Solino, Marciano Capella, Orosio e Isidoro de Sevilla), Ptolomeo (que da una localización geográfica precisa) y Arnobio se refieren casi con toda seguridad a las Islas Canarias; a ellas quizás también aludan Mela, Plutarco, y tal vez Estrabón. Salvo el de Plinio, estos textos no tienen más interés histórico que el derivado de la propia y mera mención de las islas.
Lo más relevante para la cuestión tratada en este trabajo del pasaje pliniano sobre las Fortunatae es que la información parece proceder en última instancia de una carta o manual de instrucción náutica o de un periplo en sentido estricto, pues algunos importantes rasgos de la técnica compositiva utilizada en este tipo de obras pueden reconocerse en él. Como argumenté y establecí en otro lugar, Seboso y Juba no son más que las fuentes inmediatas de Plinio, pero no las originales ni directas de conocimiento sobre las islas. Tanto el sentido del texto pliniano como la forma de trabajar del erudito rey mauritano descartan, en mi opinión, cualquier posibilidad de creer en una expedición del monarca a Canarias, como han supuesto muchos estudiosos. En aquel artículo traté de mostrar y argüir, también, cómo el topónimo Iunonia que se cita en el texto es un indicio muy sólido para suponer que la Cádiz fenicia hubo de ser el centro desde el que partió la información que llegó hasta Plinio a través de un largo proceso de transmisión. Desde el enclave comercial de Mogador (dependiente de Cádiz) los fenicios tal vez realizaran algunos viajes exploratorios hacia el sur, pudiendo entonces avistar, reconocer y registrar la posición de las Canarias. Las inscripciones prehispánicas de Canarias conforman el segundo corpus de fuentes textuales de las que se dispone, aunque mientras no sea posible datarlas, leerlas e interpretarlas con un mínimo de seguridad su valor para la discusión que aquí se sigue no puede ser más que marginal. Estos problemas básicos afectan tanto a las inscripciones líbico-bereberes como a aquellas otras, escritas claramente en otro alfabeto, a las que no se ha podido atribuir una adscripción cultural precisa. Para finalizar este capítulo sobre las fuentes únicamente queda por indicar que no se conoce ningún vestigio cierto de la cultural material fenicia, púnica o romana en el archipiélago canario, con la posible excepción de una serie muy pequeña y dispersa de ánforas tipológicamente próximas a modelos romanos de época imperial. La marginalidad de estos hallazgos subacuáticos impide en cualquier caso una interpretación ligada al tráfico comercial o a otras prácticas económicas, como en ocasiones se ha querido defender. Sería más probable considerarlos simples testigos de navegaciones ocasionales que pudieran haberse organizado desde emplazamiento de Mogador durante su segunda fase de ocupación.
3.3. Las sociedades aborígenes insulares y los recursos naturales de las islas
El estado actual de la investigación sobre la Prehistoria de Canarias permite afirmar que las sociedades aborígenes se desarrollaron como culturas insulares, en el doble sentido del aislamiento entre ellas y con respecto al resto de las civilizaciones contemporáneas, hasta la llegada de los primeros europeos en el siglo XIV. Esto quiere decir que no se reconoce, por tanto, ni en las formas de ocupación del territorio, ni en las estructuras sociales, las actividades económicas o las manifestaciones culturales de esas poblaciones huellas o signos de influencias directas (es decir, propiciadas por contactos históricos) de fenicios, púnicos o romanos.
No se conoce tampoco ningún producto natural en Canarias que fuera de interés para las civilizaciones antiguas del Mediterráneo y que no pudiera ser obtenido en otras regiones con menos costes. Por otro lado, las limitaciones técnicas de la navegación antigua impiden pensar en cualquier tipo de empresa marítima con la finalidad de explotar los recursos naturales del archipiélago.
4. Conclusiones
El estudio del contexto general demuestra de forma incontestable que la frontera extrema (tanto a efectos de ocupación como de explotación de recursos) de la Mauritania atlántica se situó para fenicios, púnicos y romanos en la posición de Sala, esto es, en el paralelo 34. Mogador fue una notable, aunque única, excepción. El estudio de las fuentes permite establecer, por otro lado, que la costa atlántica que se extendía al sur del paralelo 34 y hasta la latitud de las Islas Canarias no era del todo desconocida en el mundo mediterráneo. La frecuentación fenicia de Mogador durante la época arcaica, el reconocimiento de la fachada atlántica por las autoridades romanas tras la caída de Cartago y la ocupación de nuevo del islote africano a partir del siglo I a. e., pudieron haber promovido alguna pequeña empresa exploratoria en torno a las aguas canarias. No se puede descartar, naturalmente, arribadas fortuitas.
Los marcados límites de la documentación existente, así como su naturaleza, obligan sin embargo a pensar que estos contactos fueron muy localizados en el tiempo y, desde luego, sin consecuencias económicas ni de ningún otro tipo para los navegantes mediterráneos. La ausencia de recursos explotables en condiciones económicamente aceptables y las dificultades técnicas de una viaje de esta naturaleza debieron desanimar pronto a los visitantes. El relativo aislamiento de las poblaciones insulares parece probar, de forma independiente, que los contactos con marinos mediterráneos debieron ser extremadamente puntuales e igualmente sin consecuencias en la forma de vida de los aborígenes. No hay pruebas ni argumentos, es decir, no hay ni fuentes ni razones históricas, en suma, que puedan justificar ningún tipo de contacto o influencia de naturaleza política, económica o cultural entre los estados del Mediterráneo antiguo y Canarias. Canarias nunca fue para las civilizaciones de la Antigüedad más que un remoto archipiélago en los confines meridionales de la costa atlántica africana del que se tenían unas muy vagas e imprecisas noticias. En estas condiciones se comprende bien que las tradiciones legendarias sobre las Islas de los Bienaventurados, las Afortunadas o los Campos Elisios fueran convenientemente emplazadas en las islas, pues las dotaban así de una entidad de la que carecían por falta de un conocimiento empírico.
* Profesor de Historia Antigua Universidad de La Laguna