LORENZO OLARTE CULLEN (*)
Hoy por hoy, aunque no lo descarte en el futuro, por elementales razones de prudencia no soy "obamista" ya que no constituye razón suficiente para ello mi inclusión en ese multimillonario colectivo de ciudadanos del mundo que respiramos aliviados cuando, tras la extinción del mandato del pistolero Bush, John McCain, el candidato a sucederle en la presidencia del país más importante y teóricamente más poderoso del orbe, se vio obligado, por mor de las urnas, a hincar la rodilla ante Barack Obama, claro vencedor en los comicios estadounidenses de hace tan solo un año.
Sin embargo he de reconocer que, tras su triunfo sobre Hillary Clinton, se inició mi simpatía a favor de quien más tarde sería el nuevo Presidente, al igual que anteriormente, aunque con menor intensidad, también la había sentido por el marido de aquella. Por eso mismo hablé en su día con el joven teldense Juan Verde dándole la idea de organizar en las dos islas mayores sendas conferencias del ex presidente Clinton, no obstante lo cual un buen día me enteraría por los medios de comunicación social de que tal "charla", merced al inteligente respaldo de Ricardo Melchior, solo tendría lugar en Tenerife.
Varias razones importantes me impiden, hoy por hoy, ser "obamista". Una ellas la de que, conociéndome relativamente a mí mismo, aún no ha llegado para mí la hora –salvo que Obama haga el milagro– de que un yanqui logre seducirme. Somos muy distintos. Y, como diría Rafael el Gallo, acuñando histórica y elocuente frase, "lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible". Otra, la más poderosa, porque a estas alturas tan solo ha transcurrido un año y unos días desde su triunfo electoral, tiempo a todas luces insuficiente para poder hacer un balance acertado sobre su mandato analizando, además del "haber", también el "debe". Al contrario de lo que debieran haber hecho los responsables del reciente otorgamiento a su favor del Premio Nobel de la Paz.
Pese a lo impulsivo que suelo ser a veces, a tales responsables les doy hoy lo que se dice "una pasada por la prudencia", virtud cardinal que, por difícil y escasa, se convierte en puro arte cuando de Política se trata, por lo que creo que Obama debiera haber rechazado tal honor, con lo cual, por razón del Nobel pero sin el Nobel, habría entrado ya en la Historia por la puerta grande sumándose de tal suerte a las únicas dos personas que lo han rechazado voluntariamente: el filósofo y escritor existencialista Jean-Paul Sartre, quien en 1964 se negó a recibir el Premio de Literatura, argumentando que siempre había rechazado los honores oficiales, y el líder Le Duc Tho, representante de Vietnam del Norte, por los trabajos realizados en unión de Henry Kissinger para procurar los acuerdos de paz de 1973 en la guerra de Vietnam, renunciando al precisado galardón por la poderosa razón de que aun no había llegado la paz a su país, lo que constituyó todo un ejemplo muy a tono con el talante ético del mundo asiático.
Mi admirado Obama, acaso un tanto confundido por la concesión del Premio, al no haber sido capaz de rechazarlo ha perdido una oportunidad de oro, verdaderamente histórica, por no haberse sumado a aquellos dos hombres ilustres siguiendo su ejemplo, con una decisión que en su caso al fin y al cabo podía haber explicado, como causa de justificación, con la mayor humildad del mundo.
Simplemente compartiendo con la mayor parte del mundo lo que se decía: que el Premio era inaceptable por desconocerse lo que pudiera hacer en favor de la paz en el futuro, ya que los premios no se otorgan por meras intuiciones sino por realidades bien constatadas. Nadie, pues, que tenga un mínimo de sensatez –salvo los autores del desaguisado–, puede poner en duda la sensible devaluación sufrida por el Premio Nobel con motivo de tal otorgamiento, lo que, por otra parte, tiene asumido incluso el mundo pro-obamista en tanto en cuanto se tiene la convicción de que el prestigioso Premio no se ha otorgado jamás por méritos meramente previsibles, por muy posibles que puedan ser y que, por lo que atañe a Obama, son hasta ahora inexistentes.
Así pues, un mal precedente.
(*) Ex Presidente de la Comunidad Autónoma de Canarias