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Zigurat

Calor y frío

 
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AGUSTÍN DÍAZ PACHECO No hablar del contraste, tampoco de la reciprocidad, incidir, eso sí, en una extrema diferencia. Ésta podría ser la del calor y la del frío, y en absoluto me refiero a condiciones climatológicas; evitando referirme al Teneré, el Desierto del Desierto, o sea, al calor, o bien al Polo Norte, es decir, al frío. Aspiro en no aludir a categorías jerárquicas cuales pueden ser el compañerismo y la amistad, bien diferentes.

Evidentemente, el calor y el frío habitan tales valores, y pueden ascender y descender en sus respectivas temperaturas y también decaer, sobre todo si nos referimos al calor.

En la comarca literaria existen dos buenos y reveladores libros del escritor colombiano Plinio Apuleyo Mendoza. Uno, El olor de la guayaba, especie de fecunda narrativa primaveral, nada hagiográfica, pero resaltando la amistad. Otro, La llama y el hielo, envés del primero, porque es tanta lo gélido de sus comentarios que se desencuentran con el afecto. Si el primero ensalza el calor, el segundo se aproxima a consagrar el hielo, incluso la venganza. (Plinio Apuleyo Mendoza deja de cantar las bondades del autor de Cien años de soledad, en su día transcriptor y luego redactor de lo que le relatara un sobreviviente del buque de la Armada colombiana, Luis Alejandro Velasco, enrolado o destinado en el ARC Caldas, palabras las suyas publicadas en el periódico El Espectador. El marino sobreviviente dejó de percibir los 2.000 dólares que anualmente le destinaba el fundador del mítico Macondo, y llevó a GGM a los tribunales para que le compensaran también con los derechos de traducción relativos a la obra Relato de un náufrago. Fue el segundo naufragio de Luis Alejandro Velasco, ésta vez a manos de un tribunal inhumano que puso de evidencia la manifiesta mezquindad de un millonario que canta ciertas excelencias caribeñas, y que raya el plagio.) Muy al contrario, el ayer amigo de GGM, se trueca en feroz enemigo suyo.

No sucedió así entre dos temibles rivales –inteligencia, coraje y audaci– el Mariscal alemán Erwin Rommel y el también Mariscal inglés Bernard Montgomery. (Poseían en sus respectivos despachos una foto de su enemigo.) Cabría apostar, y tal vez exista alguna versión al respecto, por una mutua admiración. Lo anterior para proclamar que en ocasiones un tornadizo amigo puede convertirse en enemigo, y dos rivales rendir íntimo tributo a una amistad lejana e inconfesa. Es tanto lo que se ha hablado de la amistad que ésta puede perder peso, zozobrar o diluirse si no existe una línea llamada respeto, y éste omnipresente hasta en los más mínimos detalles. Es así como el Desierto del Desierto o el Polo Norte puede incrementar sus temperaturas, salvo que el Teneré se transforma en hielo. La amistad es tan quebradiza, está vinculada por un hilo tan frágil, que en cualquier momento puede romperse.

otsobakarti@gmail.com

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