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Una historia particular

Una semana de noviembre

"Ese arte profesional del periodista, constituye la retórica propia de la democracia"
Francisco Ayala, La Retórica del Periodismo.

 
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 Reuters

PEDRO H. MURILLO
Supongo que cada cual tiene sus preferencias en cuanto a los meses del año. Algunos beberán los vientos por la llegada de julio, otros, por el pesado , falsario, consumista diciembre y, en mi caso tengo cierta aprensión neurótica por el mes de noviembre. Lo extraño es que, por una parte, este mes trae recuerdos familiares amargos, que no expondré aquí, y, por otra, siempre me invade una extraña predilección por la palabra noviembre. Pero no divaguemos. Recalo nuevamente en está última página para hablarles sobre la pasada semana: la típica semana de noviembre.
Los que nos dedicamos a esta profesión, maldita y adictiva, somos conscientes de que, por una extraña combinatoria astronómica o por el capricho de alguna divinidad venida a menos, la actualidad nunca es constante y parece que, cuando menos te lo esperas, las noticias, generalmente las malas, se prodigan como setas. Ocurre con las muertes de ilustres personajes, de admirados genios. No falla, basta que fallezca algún escritor para que correlativamente se sucedan otros decesos no menos trascendentes. Comienzo la semana. Tres niños vestidos como el psicópatas de la película Scream tocan a mi puerta: "¿truco o trato?". Ante esta situación tenía tres opciones: a) darles con la puerta en las narices acompañando esta apetecible acción cívica –entiéndase la de cerrar la puerta en las narices a todo tipo de pesados que recalan en mi domicilio para venderme cacharros– con algún improperio suave acorde a la edad de los infantes ; b) ofrecerles una pequeña charla a los noveles sobre lo absurdo de celebrar una festividad de clara raigambre anglosajona y con una intencionalidad comercial, y, finalmente, la opción c) ofertarles unos caramelos para que me dejasen en paz. Opté por esta última alternativa, porque, al fin y al cabo, me joden los mesianismos culturales y reconocí que aquellos pibes eran los mismos que corrían el cacharro y tanto les daba jugar al fútbol, como ver la Superbowl. Además, cómo no sustraerse al influjo estadounidense cuando medio mundo ha depositado todas las preguntas, premios, anhelos, consultas matrimoniales, compra y venta de acciones en Obama, el emperador bueno. Cómo satanizar a aquellos chiquillos si nuestro cine imita al suyo (por cierto, que alguien les diga a los directores de marras que no nos sale bien ni el cine de Zombies ni las pelis históricas, es algo genético, no nos salen), por no hablar de la música, arquitectura y una larga lista de influencias. Lo cierto es que no disponía de caramelos, por lo que, amablemente, les ofrecí frutos secos, que fueron recibidos de mala forma, por lo que opté por la opción a.
La semana continuaba, mientras noviembre se destilaba por todos los resquicios. Me despierto con la noticia del fallecimiento de José Luis López Vázquez, Claude Leví-Strauss y Francisco Ayala. Casi todas las desapariciones correlativas, es normal, pienso, es noviembre. Vázquez me ayudó a comprender el cine español y me reconcilió con el equilibrio acróbata de la ironía que se proclama en Patrimonio Nacional. Pero, como periodista, siento que la astilla de la desaparición de Francisco Ayala es de mayor grosor. No tanto por su dilatada obra narrativa como por sus excelentes ensayos y porque fue un plumilla, como el que suscribe. Hay un libro exquisito titulado La Retórica del Periodismo y otras retóricas. En realidad, no fue concebido como volumen unitario, ya que la primera parte, dedicada al Periodismo, supuso su discurso de ingreso a la Real Academia Española, leído el 25 de noviembre, de nuevo noviembre, de 1984. En su charla, nos habla de cómo hizo sus primeros pinitos en la redacción de El Debate, de su formación autodidacta, de la certeza inefable de que, en cada uno de los periodistas, se esconde un proyecto de escritor eternamente en ciernes; una promesa siempre presente que no se llega a materializar. Y, sin embargo, Ayala es implacable con la profesión, aún amándola y advirtiendo, con honestidad, que no, que él "recuerda haber hecho de periodista por unos cuantos meses" y que, en esa diatriba que se nos presenta a cada uno de los plumillas, triunfó el escritor. Pero, en su discurso, critica nuestros males: las notas infladas, las noticias falsarias, las luchas de poder y a ese periodista parasitario que saca provecho del gatuperio. Sí, debemos reconocer, en este periodo oscuro, presuntamente crítico, en donde todo es noviembre y amenaza, que nos falta Ayala.

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