JAVIER RUIZ
Querido sastre:
Ya llovió en Anaga y el agua arrastró por fin el recuerdo caliente del verano haciéndolo fluir por las laderas de los valles altos, precipitarse por los márgenes de los desfiladeros y discurrir por miles de pasos abiertos entre las piedras y las tabaibas hasta alcanzar el cauce de los barrancos, refrescándolo todo, buscando un mar inalcanzable que ahora se oculta tras un horizonte de hileras de contenedores de colores. Las guaguas de la 910 ya no pasan llenas de bañistas.
Chano, el marino, recorre la acera estrecha de la calle San Juan seguido por su perrita de camino al almacén de efectos navales y, mientras camina despacio, levanta la nariz para captar el olor del muelle que sube a María Jiménez empujado por el Alisio. Entonces, tira de la fina hebra que le tiende el salitre y acerca hasta el presente suavemente sus recuerdos salados, su vida de navegante. Hace ya años que salta las olas a bordo de barcos pintados sobre su piel, éste queriendo zarpar y éste queriendo volver, cuenta al remangarse sobre la barra de bar mostrando sus tatuajes.
Se queja de que la vida ya no se balancea lentamente bajo sus pies arrullándolo y asegura que en tierra firme siente que su alma está cercada por su cuerpo, su cuerpo por su casa, su casa por el barrio y su barrio por... y siempre deja por acabar la frase sembrando la desazón entre quien le escucha, que intenta una y otra vez completarla sin acertar. Al llegar a casa, teje una red en la que anuda las imágenes que llegan del pasado, de un mundo infinito y azul, y, a veces, la añoranza le hace tañer una campana de bronce que un día repicó a bordo de un viejo vapor. Cuando escuchan su sonar de metal brillante, los vecinos de La Quebrada miran al océano desde las ventanas de sus atalayas y saben que Chano está en su salón, surcando los Mares de China con Toni Zenet.
Me manda decirte, amigo sastre, que prepara una nueva singladura. Espera zarpar de nuevo por San Andrés, a final de mes, aprovechando los efluvios que abandonarán pronto su oscuro encierro en las bodegas para ayudarle a hinchar las velas imaginadas de su chalana, que si te apuntas.
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