HOSMÁN AMIN TORRES
Se acabó, no está dispuesta a aguantarlo más. No va a dejar que la sigan humillando. Hace tiempo que decidió luchar con todas sus armas, las que hagan falta, todas las que tiene a su alcance. Ahora está decidida, va a pasar al ataque. Se sabe ganadora, las leyes están de su parte. Ha aprendido a pelear con ventaja, se lo ha proporcionado la experiencia.
Ella es joven, de unos treinta años. Madre de un niño de tres años, soltera. No es guapa pero sí llamativa. Rubia muy rubia, de tetas grandes de silicona y piernas largas, muy largas. Suele vestir con ropa ajustada muy ceñida; poca tela y zapatos de tacón alto. Trabaja de dependienta en una tienda de ropa; una franquicia de fama mundial. Lo gana bien y es una ocupación mucho más segura que su antiguo trabajo, en el que ejercía como vigilante de seguridad privada en Colombia. Era una profesión muy arriesgada y mal pagada. Por eso decidió cambiar de aires. Intentar prosperar, vivir más tranquila y en algo que le proporcionara estabilidad, seguridad y posibilidades de conocer gente. Después quién sabe, con suerte podría conocer a alguien que le diera mejor vida, que la tratase como ella se merece. Pero se equivocó. Está siendo más duro de lo que pensaba. Los hombres que ha conocido sólo han querido aprovecharse de ella, nada más.
Su empresa no va del todo bien. Es una época difícil. No se vende como hasta hace poco y se han tenido que hacer muchos recortes, sobre todo en personal. Los empleados que se quedan, saben que estarán expuestos a todo tipo de sometimientos si quieren conservar el trabajo. Ahora son sólo cifras; una parte de la naranja que se exprime hasta lograr extraer la última gota de su jugo. Después quedarán fuera de la cadena de montaje, serán productos humanos obsoletos, explotados hasta que se marchitan y son desechados. Cuando su imagen ya no venda, no sea atractiva, se cambiará. Y a otra cosa.
Hoy le toca en el turno de tarde pero no va a ir. Acude directamente a su médico de cabecera. Solicita un volante urgente. Motivo de la consulta: crisis de ansiedad. Está en la sala de espera del centro de salud y hay muchos pacientes esperando. Gente con problemas de salud, verdaderas patologías. Hay bastante retraso pero no importa, no tiene prisa. Está decidida a pedir la baja. Tiene pensada una estrategia; no esperará a que su médico elabore un diagnóstico y determine lo que necesita. Sabe que no se va a negar, está segura. Ha llegado su turno y comienza la interpretación. Es de lágrima fácil y lo utiliza a la perfección. Voz entrecortada, llantos y lamentos.
- Mi jefe me está haciendo la vida imposible. No sé, me tiene rabia por algún motivo. Ha puesto en mi contra a mis compañeros y no me hablan. ¿Entiende? Necesito que me ayude – Lágrimas y más lágrimas.
- Por favor, le suplico que me de la baja. Una de esas que duren bastante tiempo, por depresión. Si usted es bueno conmigo, se lo compensaré, de verdad, no se va a arrepentir. Ya me entiende...
El médico la ha escuchado atentamente. Normalmente no lo hace; está acostumbrado a trabajar deprisa y casi sin mirar el rostro de quién atiende. Asiente con la cabeza. No le hace falta escuchar más. Le extiende un volante, una receta y el parte. Diagnóstico: Depresión Mayor. Lo firma, pero discretamente; no quiere que vea su anillo de casado.
- Tranquila, aquí tienes. Tómate esto si te ves un poco nerviosa y esto otro es para que pidas cita con psiquiatría. Con suerte, tardarán unos meses en llamarte. Hasta entonces, la empresa no puede hacerte nada. Bueno, te veo la próxima semana. De todas formas, apunta mi teléfono por si necesitas hablar o quieres quedar para tomar algo...
No pasa nada por no aplicar en este caso el código deontológico. Es sólo otra paciente, otra cifra, otro interés. Finaliza la consulta y se va. Terminan lo sollozos, la actuación. Piensa que ella también tiene derecho a exprimir el sistema.