ALBERTO RODRÍGUEZ ÁLVAREZ
Cuando en fechas recién pasadas hemos tenido la oportunidad de ver el esplendor de los cementerios, rebosantes de las fragancias y los colores de las flores recién cortadas, no hemos podido por menos que ceder a la tentación y recordar al conjunto de costumbres que se daban la mano con las ofrendas florales en memoria de los que se fueron para nunca más volver. Y dicho esto incluso sabiendo que muchos de los que fueron a los camposantos para honrar a sus difuntos afirmaban frente a las cámaras de televisión que allí seguían sus seres queridos. Bendita esa fe que mueve montañas.
Casi coincidiendo con el recitado de los versos del Tenorio –cuando la radio cumplía una función que iba mucho más allá que informar– las mariposas encendidas y que flotaban sobre la calma de un mar de aceite acrecentaban a nuestro miedo recién nacido –si volvieran a salir / de las tumbas en que están / a las manos de don Juan / volverían a morir.– con las fantasmagóricas sombras que se movían por la estancia. Y es que el sepulcral silencio de nuestros mayores nos obligaba a preguntarnos si las sombras eran sombras o las almas en pena que buscaban un perdón definitivo. Nuestra manera de entender la muerte es la que nos vino dada de la mano de la Iglesia, a través de una educación errada, y desde los mensajes desde el púlpito se ponía todo el énfasis en lo que podría sucedernos antes y después de muerte pero nunca en la muerte misma. Esa es la razón para que en los duelos ocupasen lugar las plañideras de turno y oficio que tenían la misión –partiendo de fingidas llantinas– de hacer llorar a los demás.
Con independencia de creer o no creer en la inmortalidad del alma y/o en la resurrección de la carne lo que no deja de ser verdad es que la mayoría de nosotros nos hicimos socios de El Ocaso o Santa Lucía pensando en nuestra propia y adelantada muerte para evitar causarle problemas a los que estarían obligados a cumplimentar el trámite que se repite cada vez que alguien la endiña. La funeraria, las esquelas, los recordatorios, las misas… Abandonados en el pasado, anclados en un tiempo ido, los entierros de una, dos y tres capas, el que más y el que menos está al tanto de las prestaciones de la póliza de seguros y no faltan los que exigen un ataúd de la mejor madera con tallas recubiertas de pan de oro. Y me pregunto que pensaran estos últimos después de haber leído que la construcción de los cajones de muerto se puede ir a pique por culpa de unos cajones que provienen de China y que cuestan muy poco. Tanto penar para morirse uno –que escribiera Miguel Hernández– y para ser enterrado envuelto por un pijama de madera procedente de los bosques orientales.
Entre esta competencia presuntamente desleal y la decisión tomada por otros –yo entre ellos– de ser quemados hasta los mismísimos tuétanos los que van a tener que ser enterrados son los cajones de verdad y los cajones que son modelos exclusivos. Claro que con esto de las cenizas puede ocurrirnos lo que nos ha revelado la televisión: que un hijo fue a buscar las cenizas de su padre y, por purito despiste, dejó la urna en el asiento de la guagua. Y a falta de cenizas sobra el lugar en el que esparcirlas. Día grande para todos los cementerios fieles a una costumbre que se va perdiendo. El agosto para los que venden flores –margaritas, crisantemos…– y tranquilidad para las conciencias de los que siguen pensando que allí, en el camposanto, están sus seres queridos. Paz en la tierra para todos los hombres de buena voluntad.