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Hoy, 10 de noviembre

 
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MARY CEJUDO (Dedicado a Vanessa)

Una noche de hace cuatro años, mientras velaba en su despedida a un familiar muy cercano y querido, escuché comentar, en el pasillo de la planta hospitalaria, el nacimiento de un bebé. La muerte se cruzaba con la vida y mientras mi dolor brotaba, lo hacía también la alegría de los que recibían a la recién llegada. Nada hay tan opuesto y tan cercano: vida y muerte.

Cuando un ser amado nos deja, personalizamos el quebranto. En un instante nos convertimos en alguien diferente. Hasta puede que olvidemos quienes fuimos o que, mirando el pasado, no logremos recordar. Porque la tristeza nos abruma.

Durante las siguientes jornadas a su marcha nos sentiremos inmersos en una burbuja que nos permite reconocer las voces del exterior pero que nos aísla de sus palabras. Únicamente esperamos el momento en que esta tragedia se transforme en pesadilla de la que poder despertar. A partir de entonces, lloraremos con desesperación, nos culparemos de algo que, creemos, hicimos mal, soñaremos con un minuto en el que teniéndolo de nuevo, le podríamos decir lo que nunca dijimos. Pero, sobre todo, le echaremos en falta y extenderemos los brazos, a solas, cerrando los ojos, anhelando que él o ella estuviesen cerca y así poder abrazarle y besarle, quererle y cuidarle. Más aún que durante los años en los que convivimos. La valoración del otro se convierte en una realidad a la que, posiblemente, no dimos la importancia que, en su momento, tenía.

Anhelaremos sentir sus manos y oler su piel. Quizás guardemos una prenda de ropa que no lavaremos porque ella nos lleva hasta esa imposible unión. Pero ninguna colonia olerá igual nunca más. Y ninguna lágrima podrá hacernos retroceder al pasado y volverle a tener ni que él o ella nos tengan a nosotros.

Y porque nadie se marcha de pronto, el dolor por la pérdida amada se va percibiendo de día en día. Puede ser que, debido a ello y de ahí en adelante, estemos más sensibles a los nacimientos, que son el canto de la vida, y a las muertes que sufren otros, porque nos sentiremos identificados con ellos. No envidiaremos ninguna alegría ni nos sonará lejana ninguna pena. Un sonido, un color, o hasta el dormir de un gato, hará que recordemos, con lágrimas, al ser que se ha ido pero, también, que demos la bienvenida al día recién llegado.

Acaso ello nos ayude a comprender la gran lección que es la vida y la muerte y que brindemos, cada día del resto de nuestra existencia, por la memoria del que se fue, con el mejor homenaje: el respeto al semejante, la labor bien hecha y trabajada al máximo, la solidaridad en forma de apoyo al que lo necesita y la ética del comportamiento. Llorándoles en la intimidad, pero sin permitir a nuestro alrededor falsos ánimos y sin negarnos el mejor consuelo: el remar por el río de nuestras vidas con ahínco, superándonos en cada acción, en nombre y por el recuerdo de aquellos a los que nunca olvidaremos.

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