DOMINGO J. JORGE
El olvido se ha convertido en algo muy habitual en estos tiempos de crisis que corren y que nos están tocando superar. Entre esas edificaciones que padecen, sufren el abandono, nos topamos en Santa Cruz con La Ermita de Regla (1643). Sé, me consta, que son muchos los proyectos que se han desarrollado en torno a la búsqueda de una solución definitiva a lo poco que quede en pie en la capital y que haga referencia todavía a lo que fue el Santa Cruz de nuestros abuelos y bisabuelos, aquellos quienes pusieron su granito de arena –muchas veces sin tenerlo– para que esta ciudad fuese fraguando las simientes del futuro hogar de los suyos que sería. Sin embargo, ha quedado en el olvido todo aquello, no se entiende cómo un Ayuntamiento que quiere luchar por la recuperación de su origen permitió, tiempo atrás, que el único referente de nuestro pasado que nos quedaba –Los Llanos, El Regla, El Cabo, Las Cuatro Torres– feneciera con la llegada de las mentes que abogan por el proyecto del futuro Santa Cruz. Sin embargo así sucedió.
La Ermita de Regla sigue ahí en pie, a pesar de todos los pesares. Continúa erguida, por lo menos lo erguida que nosotros le permitimos que esté. Mira al mar que ya le queda lejos –cuántas veces nos dicen nuestros mayores aquello de "el espacio que le hemos robado al mar", cierto– y saluda desde su arrinconamiento al Castillo Negro, a la Casa La Polvora y a la ínfima muestra de mar que nos queda de lo que fue la playa de Los Llanos o del Regla. ¿Qué fue de nuestra Santa Cruz? Este interrogante se lo hacen muy a menudo nuestros mayores. Se lo he escuchado muchas veces a mi padre Gregorio El Papudo, o a mi tío Paco Poleo, quien una vez vio como una pala tiraba abajo su ilusión de toda una vida La Caseta de Madera. Gente como ellos son quienes realmente lloran las lágrimas imaginarias que le gustaría hacer caer a la Ermita de Regla. Gentes como ellos que vivieron, nacieron y crecieron en este entorno –igual que todos aquellos que regresan cada 8 de septiembre a El Regla a celebrar su fiesta– son quienes esperan que al menos se respete lo único que queda de aquel viejo Santa Cruz. Son quienes hasta esperan que se mantenga –al menos– la fachada del Cuartel San Carlos o la misma fachada del Templo Masón o hasta alguna ciudadela de las pocas que perviven en Las Cuatro Torres o El Toscal, porque esa pequeña esencia que aún se mantiene en pie de lo que fue Santa Cruz no sólo es el origen que debemos mostrar a nuestros hijos, sino también lo poco nuestro que nos queda y aspiramos enseñar a esos turistas que nos visitan. Triste sería que el turista que se baja en el muelle pensara que Santa Cruz son comparsas bailando y los tambores sonando.
Queda una gran labor, una enorme deuda, que cumplir al Ayuntamiento de Santa Cruz. No se puede ir con la bandera del nacionalismo a todos lados, hablando de lo nuestro y lo de más allá, y dejar que las edificaciones que han formado parte de la historia de nuestro pueblo acaben en el sueño de los justos, como hoy lo está la Ermita de Regla que llora su olvido.
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