JOSÉ LUIS SAORÍN
Si hay algo que me encanta, es cargar con mis hijos cuando están durmiendo. Me gusta trasladarlos del comedor a la habitación o del coche a casa, tenerlos en mis brazos en esos momentos en los que están tranquilos debido al sueño. Adoro observar su crecimiento al medirlos en el pasillo de la casa. Tengo que tener cuidado para no darles en la cabeza con ninguna puerta o pared. Cuando son bebés, es como llevar un gato en los brazos, algo suave y calentito que casi no ocupa espacio. Conforme crecen, y ocurre más rápido de lo que uno cree, empiezan a sobresalir brazos y piernas por todos lados, pero siguen siendo suaves y olorosos. Es una gozada dejarlos en la cuna o en la cama y comprobar que siguen durmiendo aunque le quites el babero, le cambies la ropa o le pongas un pañal. Están sumidos en un sueño profundo e infantil, que uno adora y añora a la misma vez. Poco a poco, conforme ganan peso, hay que hacer más esfuerzo para llevarlos de un sitio a otro. Poco a poco resulta difícil manejar esas piernas y esos brazos que son tan largos que ya no hay manera de recoger ni de agrupar. Cada vez que llevo a mi hijo mayor dormido, me doy cuenta que ya no es un bebé, que es un niño grande, del que me queda poco tiempo para llevar en brazos. Me encanta esta etapa donde todavía puedo llevar a mis dos retoños a dormir. En breve llevaré solo a uno y en menos tiempo del que pienso no podré cargar con ninguno de ellos. Así que cada vez que se duermen en mis brazos o en el coche o el sofá o en el parque, me encanta cogerlos con cuidado y llevarlos por el pasillo, en silencio, disfrutando de esos segundos donde los bebés y los niños pequeños son maravillosos. Porque cuando están dormidos son maravillosos. Es una gozada verlos dormir, tranquilos y serenos, sabiendo además que en cuando se despierten empezaran los llantos y las carreras, pero que en ese momento hay unos segundos de paz. Es cierto que cuando se cuidad a un niño, hay muchos más momentos de agobios, carreras y llantos que de sueños plácidos y bonitos, pero no es menos cierto que esos momentos son mágicos. Además por alguna razón el cerebro tiende a olvidar los momentos duros y difíciles, dejándonos solamente los recuerdos agradables como los sueños de los bebés. Así que adoro mi cerebro, que hace un gran trabajo para que los momentos buenos perduren y pienso en esas cosas cada vez que uno de mis hijos se duerme. A mi hijo mayor también le encanta que lo cojan en brazos, incluso cuando está despierto, pero por desgracia para ambos dentro de poco será imposible. Ni cabrá por el pasillo, ni podré con su peso, pero al menos mi cerebro se regodeará con lo bueno, sin acordarse de la lumbalgia ni de los golpes en la cabeza.