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Desde mi libertad

Contra el cambio climático

 
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CARMEN COELLO
El término "Cambio Climático" se está convirtiendo en una locución tan manida y mal utilizada que corre el riesgo de desvirtuarse. El calentamiento global está ahí y los científicos lo reconocen a diario, pero no es menos cierto que la mala utilización de la terminología y un discurso catastrofista, sirven de muy poco; los avances técnicos en cuanto a delimitar exactamente pautas de cambio real están, por ahora, en sus inicios. Empezaremos por diferenciar entre los conceptos "del tiempo en un lugar" y los cambios del Clima, ante la costumbre del totúm revolútum. Echarle la culpa de los hipotéticos cambios en el tiempo atmosférico al Clima no es del todo correcto; el que este otoño sea muy seco es anecdótico; en los últimos tiempos los ha habido iguales o peores, y de nada vale soliviantar a la población, aunque no viene mal un toque de atención. Los problemas son mucho más contundentes. Y esos son los que hay que conocer y solucionar.
Existen ya indicadores naturales que han encendido las alarmas, –pese a que los poderosos, le quiten hierro al asunto–. Recordemos cómo el anterior jefe de estado de la derecha española negó la mayor, calificando la teoría del cambio climático como una religión totalitaria, sin base científica que atentaba contra la libertad de las personas; claro se refería a sus supuestos amigos, como Bush que por cierto lo dejó en la estacada con el tema; pero ya sabemos que su práctica es la de llevar la contraria como forma de hacerse notar. No hay que llegar a pronosticar una hecatombe, hay que ser sensatos e intentar que nuestros hijos y nietos no hereden un planeta devastado y para ello las diferentes sociedades deben realizar un giro hacia modelos económicos más sostenibles, aunque me gusta más "sustentables".
El calentamiento global, la pérdida del grosor de los hielos en los polos, las enormes tormentas impropias de determinados lugares de La Tierra, la sequía, la desaparición de numerosas especies vegetales y animales, los cambios en el uso del suelo, el nivel de gases y aerosoles vertidos a la atmósfera y larga lista de despropósitos están íntimamente relacionadas con nuestras manos, con nuestra desidia ante el consumismo feroz de energías sucias que emiten, al aire que respiramos y al agua que bebemos la mayor contaminación de la historia de la humanidad; la sobre explotación de acuíferos y bosques siguen la misma línea y sólo los gobiernos a través de políticas serias de conservacionismo podrán mitigar la situación actual.
Durante estos días se ha celebrado en Barcelona un encuentro internacional, para debatir propuestas antes de la conferencia que se celebrará en Copenhague en diciembre, y cuando falta escasamente un mes, ha enraizado el desánimo entre muchos de los participantes, ante la evidencia de que países como EE UU no aceptarán un nuevo recorte de emisiones de dióxido de carbono que supere a las resoluciones de Kioto.
Por lo pronto nuestro país, en una evidente política progresista, ha decidido invertir más de cien millones de euros –en tres años– para ayudar a la adaptación de los países menos favorecidos a los cambios en el clima, a su implicación como el resto, en las políticas que respeten el medio ambiente. Estas ayudas son independientes de los apoyos sociales al tercer mundo, como forma de ayudar a paliar el hambre y las enfermedades.
España encabeza la propuesta de la reducción de emisiones al 30% hasta el 2020, y pese a ser el país europeo que abandera la mejor propuesta, los ecologistas y expertos sugieren que sea un 40%, casi inalcanzable. Se pierde mucho tiempo en cuestiones superfluas y no se termina de llegar al fondo del asunto, sobre todo por las reticencias que ponen los dueños del mundo y sus empresas, que se niegan a mirar al futuro con conciencia de protección, que sólo piensan en el presente, en rentabilizar una situación desoladora; máxime cuando en realidad son ellos los causantes de la crisis mundial.
Por todo ello la solución pasa por "los cambios de modelos de conservación mundiales"; difícil pero no imposible.

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