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El almedrero de Nicolás

Piratas

 
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PACO DÉNIZ
Lo recuerdo como si fuera ayer, meciéndose como un navío llegó a la puerta de la posada, y tras él arrastraba, en una especie de angarillas, su cofre marino; era un viejo recio, macizo, alto, con el color de bronce viejo que los océanos dejan en la piel; su coleta embreada le caía sobre los hombros de una casaca que había sido azul; tenía las manos agrietadas y llenas de cicatrices, con uñas negras y rotas; y el sablazo que cruzaba su mejilla era como un costurón de siniestra blancura... Atrás quedaban los tiempos en que el Rey Jorge nos expulsó de nuestras tierras y nos pudrimos en los muelles primero, para enrolarnos después obligatoriamente como marineros en las apestosas cubiertas de la marina inglesa.
Esta pata de palo es el ingrato recuerdo de nuestro primer motín cuando golpeábamos la cubierta gritando Strike y blandiendo los sables. Sí, ¡qué pasa! nosotros inventamos la huelga a bordo, trajimos los tatuajes y los aretes. Odiábamos a todo el mundo, el mundo nos odiaba a nosotros. Éramos pobres y nos echaron a los tiburones. Me junté con otros piratas holandeses que habían sido masacrados por los españoles, y también con unos negros que rescatamos de un barco esclavista. Así fundé mi propia hermandad: La Hermandad de la Tibia Canela, y nos dedicamos a destrozar todas las propiedades de los ricos españoles, Ingleses o portugueses, todos provenían de la misma chusma monárquica. Los prisioneros españoles los vendíamos en Argel a los descendientes de Jarun Barbarroja. Pagaban un buen precio por ellos desde que los católicos invadieron Al-Andalus.
La patente de corso fue lo que nos arruinó y colocó al borde de la extinción. Malditos reyezuelos, cómo los odio. Militarizaron sus barcos en una guerra de todos contra todos, todo valía en altamar. Aquí, en el mar nos regíamos por el código de la Hermandad de la Costa, pero el nuevo comercio impuso el saqueo total. No hay normas, no hay honor, sólo destrucción. Tuvimos que refugiarnos en Madagascar, el Caribe ya era un infierno, y Argel demasiado cosmopolita. Aquí, en esta ensenada, tenemos lo que necesitamos, y hemos fundado nuestra República de los Piratas, con nuestras propias leyes de reparto equitativo. Pero me temo que de nuevo hemos de huir, esos malditos perros corsarios envían grandes flotas que arrasan con todo, con redes que llegan hasta el infinito. Ahora vienen escoltados por sucios traidores que llaman seguritas. Hemos apresado a algunos de esos bandidos que nos esquilman, pero sus reyes no quieren negociar, han cogido a un chiquillo de los nuestros y clamamos venganza. Sólo nos queda este cofre. ¡Los pasaremos por la plancha! Enviaremos el círculo negro hasta los confines. Antes querían todo el oro y ahora todo el pescado. Siempre lo quieren todo. Malditos jareados, que sus ojos les revienten al sol colgados del palo mayor.
"Quince hombres en el cofre del muerto... ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Y una botella de ron!"

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