ANTONIO ÁLVAREZ DE LA ROSA
Un salón lleno de hombres conocidos, de artistas y de gente de mundo. Cuando ven entrar a un desconocido, preguntan: "¿Quién es ese?". Les contestan: "Es X..., un diputado...". Sienten una vaga piedad por ese pobre hombre.
Nos hemos acostumbrado a reírnos de la Cámara, a censurarla, a bromear, a ridiculizarla. Son tan visibles sus torpezas, tan grotescos sus arrebatos, que el oficio de diputado se convierte en una profesión cómica y pronto inspirará un pequeño desprecio incluso a los niños.
Cuando vean pasar por la calle a algún pobre ser de aspecto heteróclito, acostumbrados a las chanzas de su padre, preguntarán interesados:
-Es un diputado ¿verdad, papá?
Lo que antecede sin entrecomillar no ha sido escrito en estos días de podredumbre y desprestigio políticos. Lo publicó Guy de Maupassant el 14 de febrero de 1883 en un artículo periodístico. A pesar de que el descrédito del político nos parezca de una impactante modernidad, lo cierto es que, como mínimo aunque también con altibajos, ese estigma ha cumplido un siglo largo. Ese escritor, tan vivito y coleando aún, no reflejaba un enfado pasajero, un arrebato de ira ciudadana. Dos años antes, a propósito de un escándalo político y a la vista de la indignación del público, a Maupassant le sorprende esa sorpresa generalizada: "Desde hace años, valores fantásticos suben y bajan de una manera inverosímil. Miles de seres, confiados e ingenuos, son arruinados por algunos aventureros. Un asalto a la Bolsa, preparado, combinado, organizado como un truco teatral, engulle más pequeños desahogos económicos, hace correr más lágrimas, produce más desesperación que Waterloo y Sedán (...) ¡Y hablan de sobornos! ¿Quién no podría contar historias más escandalosas que la más indignante aventura revelada en este proceso? Sobornos para impulsar turbias especulaciones; sobornos para que se acepten negocios honrados; sobornos para hablar; sobornos para callarse; sobornos para todo, a propósito de todo. Vivimos bajo el reino del soborno, en el reinado de la conciencia fácil, de rodillas ante el becerro de oro".
Nada nuevo, pues, en el subsuelo de la selva política. En la superficie, en el escaparate que vemos los ciudadanos quizá sí haya algo novedoso. Ya no se cuidan ni las formas, ya se miente y se disimula con desfachatez, es decir, con falta de vergüenza o de miramientos. A mí, al menos, me sirve de bien poco que, desde las alturas políticas y desde las medianías radiofónicas, nos sermoneen con la advertencia de que, en su inmensa mayoría, nuestros representantes democráticos son honrados y trabajan para el bien común. Estadísticamente, es muy posible que así sea, pero la impresión que tenemos los ciudadanos parece ser muy diferente. Veamos un pequeño ejemplo en el océano de la actual corrupción e ineptitud políticas. En 2007 la Sindicatura de Cuentas remitió al Parlamento de Cataluña un informe detallado de las prácticas urbanísticas, referidas a 2003, que han dado lugar a la reciente "Operación Pretoria". De momento y en la cárcel por decisión del "malvado" juez Garzón están destacados políticos de CIU y del PSC. Pues bien, aquella advertencia del Tribunal de Cuentas catalán pasó por debajo de la mesa parlamentaria y ni siquiera mereció que ningún grupo político solicitara la comparecencia del Síndico. ¿Recordamos, por otra parte, que en 2005 Maragall, dirigiéndose a Artur Mas, le espetó aquello de "Ustedes tienen un problema y es el 3% de las comisiones"? Advertencia que, por supuesto, acabó en el baúl enmarañado del hoy por mí y mañana por ti. Sin embargo, una vez destapado este penúltimo bidón de la mierda inmobiliaria, el presidente Montilla pide confianza en las instituciones e insiste en que "no todos los políticos somos iguales". Otro ejemplo de nulo caso a lo que es vox populi a lo ancho de la geografía política de España, otro caso de endogamia partitocrática, el ombligo de los partidos convertido en fortalezas opacas. Mañana ya veremos donde brota la nueva pústula y similar despistaje a la transparencia democrática.