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Lo que cabe en el balayo

Algunas reflexiones muy personales

 
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JUAN LUIS CALERO
En los tiempos que corren cada cual busca el refugio que le queda más cerca . Quedarse en paro, por ejemplo, puede despertar inquietud en la casa y fuera de ella. En esos momentos parece que te has quedado en un presente que no desea transformarse en pasado; sin embargo, no hay más que poner un poco el oído y escucharemos la música de lo impermanente, que nada permanece igual que hace un segundo. Ni la relaciones personales, ni la salud, ni las ilusiones. Quiero decir que, puestos a resolver asuntos personales en época de crisis, me doy cuenta de que sólo en nuestra propia mente podemos fabricar las sandalias que nos permiten transitar por esta realidad pedregosa difícil de asfaltar en su totalidad, sin que nos hagamos daño a cada paso. Estas sandalias no se venden en las zapaterías, sino que ya han sido pensadas y fabricadas por otros hombres del pasado y de nuestra época. Ante el desespero de la subsistencia y la búsqueda de alimentos, el evangelio de Mateo (cap.6,v.26) nos dice: Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No sois vosotros de mucho más valor que ellas? El hombre, en el vértice superior de la pirámide de la creación, puede captar en estas palabras una consolatio philosophiae porque es la criatura que porta el mensaje divino que se intuye en la razón y en la voluntad, dos buenas herramientas para cambiar el mundo. El mensaje de Buda también nos advierte de la impermanencia de las cosas, que la felicidad no se halla fuera de nosotros ni en nuestro deseo compulsivo de hacernos con todos los objetos que se exhiben en los grandes almacenes, ni en la fama ni en el dinero como único fin; el mensaje búdico contempla una felicidad que nos viene dada por la retentiva mental, por la vigilancia mental que rechaza los pensamientos perturbadores y acoge una percepción más optimista del samsara, de esta realidad cambiante. Ser consciente de este permanente cambio, dicen los budistas, es un gran paso para permanecer serenos, porque en la mentalidad occidental nos empeñamos en relacionar la felicidad con una sensación placentera que se extiende en el tiempo, y si eso no ocurre nos enfadamos o nos entristecemos sin razón porque, como dice el Demócrito de Abdera (460-370 a.C.): la felicidad no consiste en el ganado y ni siquiera en el oro: el alma es la morada de nuestra suerte.

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