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A babor

Bajarse de aquí

 
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FRANCISCO POMARES
Muchos creen que Simeón el estilita siempre estuvo en su columna, quizá que nació en ella, pero eso no es cierto: se subió a la piedra para escapar del mundanal ruido y las turbas de peregrinos, que no le dejaban meditar en paz en su choza de Tell-Neschin, ni –después– en el promontorio rocoso del desierto sirio al que se encaramó ya en la madurez. Por eso, a los 35 años, Simeón decidió elevarse sobre el común aguantando estoicamente los inconvenientes de la intemperie y la postura. Cuanto más conocido era, más visitas recibía y más se hacía elevar la columna: la primera no tenía más que tres metros de altura, y la última sobrepasó los quince, de tal suerte que eran muy pocas las escaleras de toda la Cristiandad que llegaban hasta la cima, y él se la pasaba allí subido, escribiendo cartas y dando consejas a sabios y emperadores. Sermoneó a Teodosio, sedujo desde su distante santidad a Eudocia y al buen emperador León le indujo a apoyar el Concilio de Calcedonia.
Ni enfermo bajó el hombre de su altura, y siendo que Teodosio le mandó hasta tres obispos para que depusiera su actitud y se dejara sanar por los médicos, no aceptó. Se mantuvo siempre erguido (aparte alguna que otra perdonable siesta) y jamás tocó de nuevo el suelo. Vivió muchos más años, 36 de ellos subido en la atalaya, hasta que la palmó solo y viejo allí arriba, incólume y santificado si no por la caridad con el prójimo, al menos por la perseverancia. Era un santo de los de antes. Un columnista verdadero.
Luego estamos los columnistas de tres al cuarto, burdos imitadores del Simón en el desierto de Buñuel, encaramados en la altura para pontificar dignidades frente a la cámara y bajar después a rascarnos el vértigo a escondidas. Yo soy de esos: cumplo hoy veinte exactos años de estar aferrado con voluntad de náufrago a este pilón y aún en la tarea. No son tantos años como los 36 de Simeón, pero cuando empecé, el muro estaba en su sitio, y no existían los móviles, ni Google, ni a nadie sensato se le habría pasado por la cabeza que un negro en la Casa Blanca fuera algo más que ordenanza. Por eso a mí veinte años me parece tantísimo tiempo. Pero es verdad –lo dice el tango– que habrá otros a los que veinte años no les parezca en verdad nada.
Al grano: porque no soy santo de los de antes, ni nuevo (de esos lamas capaces de levitar en el aire) y porque carezco de las propiedades y talentos que se precisan para mantenerse siempre erguido, antes de rodar hasta el suelo y darme un irreparable batacazo, aprovecho el aniversario y me bajo. Seguiré por aquí a la altura de mis propios pies. Ya nos veremos. Y después de decir adiós, las gracias. Primero a los de al lado: al colega que me trajo, al que me enseñó, a quien me inspiró con su paciencia y ejemplo, a todos los que en la casa me dieron cobijo. Y después a los lectores ciertos. Y también a los desconocidos. A esos, aún con más agradecimiento.
fpomares@epi.es

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