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A babor

Tristes trópicos

 
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FRANCISCO POMARES
Si uno puede irse sin llamar en absoluto la atención, así eligió hacerlo el padre del estructuralismo y antropólogo más influyente de la historia, Claude Lévi-Strauss. Murió en París una reciente madrugada, cuando apenas le faltaban pocos días para cumplir los 101 años. Murió con la misma exquisita discreción con la que vivió siempre: nos hemos enterado sólo días más tarde, cuando su familia lo comunicó a la Academia Francesa y la Academia emitió la precisa y justa nota de duelo.

En el que probablemente sea su libro más leído por los no especialistas –Tristes trópicos, un texto que recoge sus viajes y experiencias de campo en Brasil entre mediados y finales de los años 30–, Lévi-Strauss enfrentó la complejidad de los rituales modernos a la sutileza de la sociedad llamada salvaje, y cambió para siempre nuestra forma de entender la cultura. Eso hizo. Pero hizo más cosas. Por ejemplo, comparó la tropicalidad del subcontinente indio con la americana, y defendió que el modelo de la selva de Brasil representaba el futuro de la Humanidad, mientras la India suponía por contra el pasado agónico y miserable de la especie, castigada a sufrir la iniquidad, la enfermedad y la pobreza por un modelo de uso del territorio invasivo y destructor. Sorpresa: lo del exceso de población no lo inventó Paulino...

Pero si algo demuestra la historia de los últimos ochenta años es que el hombre no tiene remedio. Ni siquiera en el Brasil de las grandes extensiones pudo prosperar un modelo de crecimiento sostenible a la medida del mundo. Los trópicos del hambre, la pobreza y el hacinamiento se extienden en metástasis entre las líneas imaginarias de Cáncer y Capricornio, al margen de la aventura social de Europa o el empuje democrático de América. Lejos estaba la Federación Carioca de entreguerras de soñar siquiera con el Brasil preolímpico de hoy, pero sus trópicos –la Amazonia herida de muerte por la industria maderera, y las selvas urbanas de la favela y las milicias de la droga– no son modelo de nada: el pensamiento salvaje reivindicado por Lévi-Strauss anidó en las entrañas de la civilidad y se contaminó de sus miedos. Es hoy la forma dominante de entender el mundo y la sociedad en los humedales, los desiertos y las urbes del planeta, y hacia el infinito y más allá. Y la crisis económica es la excusa más reciente para un diseño sin salida.

Preguntado Lévi-Strauss por este mundo triste y salvaje del tercer milenio, dijo hace pocos años que no era el suyo. Y en verdad, así es: como tantos otros de su generación, el antropólogo visitó un mundo que ya no existe, y trazó la ruta de una interpretación hoy perdida en los ruidos y destellos de un universo distinto. Sus trópicos –y los nuestros, tan cercanos– siguen igualmente tristes y son más salvajes: carecen de cualquier rito o mitología, más allá de 1080 estridentes líneas en Alta Definición.
fpomares@epi.es

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