LEÓN BARRETO
Aunque cueste creerlo, nos hemos visto involucrados en una guerra que se parece bastante a la de Vietnam y que tendrá un desenlace bastante similar. Está muy bien enviar tropas con fines humanitarios a países que se desangran por circunstancias sociales, guerras tribales, desastres naturales o pobreza extrema. Para eso deben estar los ejércitos de hoy en día: para cultivar la paz, para intentar reparar las enormes heridas de la injusticia. Pero hay casos y casos. La sangrienta ocupación de Afganistán que oficialmente pretendía la erradicación de los talibanes sólo habría de terminar cuando salgan de allí las fuerzas occidentales. ¿Qué hacen los soldados españoles –los que están ahora mismo allá son procedentes de cuarteles canarios– envueltos en una confrontación tan arisca y perdida de antemano como la de Afganistán? Difícil saberlo. Marc W. Herold, autor de Afganistán como un espacio vacío. El perfecto estado colonial del siglo XXI (Ed. Foca, Madrid, 2007) opina que la guerra de EE UU allí no puede ganarse ni siquiera militarmente, los bombardeos y la ocupación han reforzado a Al Qaeda en vez de debilitarla. Gracias a EE UU –señala Herold– Al Qaeda está presente en Asia y en África. Y la única solución es la retirada, tal como hizo la URSS en 1989, dejando que los afganos encuentren una solución viable de compromiso para su país, tal como hicieron los vietnamitas cuando se fueron los norteamericanos.
La OTAN y la industria armamentista norteamericana no van a aceptar de buen grado que se les acabe el asunto, pero está visto que las intervenciones militares norteamericanas tanto en Irak como en Afganistán no han conseguido asentar allí la democracia, ni evitar los escándalos electorales, ni erradicar las corrupciones, ni acabar con las luchas tribales, ni dar paz a la población, ni evitar los ataques suicidas de los fines de semana con sus miles de muertos. Así las cosas, tal vez la peor solución sea continuar la ocupación, mantener la guerra, enviar soldados tan expuestos a la muerte. Ahora mismo nos damos cuenta de que Obama tiene un problema muy gordo en aquel lugar del mundo, y que no sabe cómo salir de él. Por una parte, los generales le piden que mande más tropas, más material. Por otro lado, los principales miembros del Partido Demócrata estiman que lo más conveniente es congelar la guerra, no enviar más tropas e ir pensando en una discreta y gradual retirada. El analista que mencionamos, Marc W. Herold, estima que talibanes y Al Qaeda no son lo mismo, las preocupaciones de los primeros son fundamentalmente domésticas mientras que Al Qaeda y otros grupos fundamentalistas se consideran implicados en una especie de guerra santa universal, que debe golpear al poderío norteamericano en todos los confines del planeta. Los talibanes tienen el control político de sus fuerzas, y si EE UU se dedica a incrementar las suyas ello favorecerá el poder de estos fanáticos afganos que imponen el burka, que maltratan a las mujeres y que combaten con ardor a los occidentales. Dicen los que saben de estas cuestiones que si EE UU incrementa allí sus fuerzas, lo que sucederá como efecto casi inmediato es que los talibanes reforzarán también su capacidad de reclutamiento, con lo que Afganistán se envenenará cada día más. Y llegará el día en que el ambiente sea tan irrespirable que EE UU y Europa deben olvidarse. Afganistán para los afganos, dicen los que saben de todo ello. Pues si ya los rusos se fueron con el rabo entre piernas, algo parecido les sucederá a los del Tío Sam.