ALBERTO RODRÍGUEZ ÁLVAREZ
No es frecuente en mí que ceda a la tentación de escribir al filo de la ironía porque la utilización de esta figura retórica puede dar lugar a que algún lector vea de color blanco lo que en realidad es negro y viceversa. Y creo que no es justo que un artículo de opinión, que aspira a generar la opinión de otros, se apoye en la ventaja de utilizar la ironía para sacarnos del apuro ante cualesquier respuesta inesperada. Y digo esto porque en el artículo titulado Silbando espero algunas pinceladas de ironía pudieron dar lugar al equívoco. Vaya en mi descargo, como ser humano que soy, que leo tanto sobre el esperpento en esta tierra canaria que presumimos es de todos nosotros que resulta difícil no caer, aunque sea de vez en vez, en el deseo de provocar una sonrisa. Y, precisamente por eso, he motivado el que me sea llamada la atención por parte de la Asociación Cultural Nuestra Señora de Guadalupe.
La cuestión, el debate si se quiere, pivota en torno a tratar con rigor todo lo referente al silbo gomero, sin dejar un poro por el que pueda colarse un desliz. Dicen, desde esta Asociación, que el silbo fue utilizado para comunicar la muerte de Hernán Peraza, El Joven. Y yo pregunto, dado que están decididos a apoyarse en la Historia, que han caído en el soberano error de partida que supone confundir la leyenda –el Génesis es leyenda– con la Historia dado que no se conoce documento alguno en el que aparezca reseñado el luctuoso hecho. Como también es leyenda, aunque sea bonito leerla, todo lo relativo a Gara y Jonay. No se me puede decir, por tanto, que falto y falsifico la verdad histórica cuando yo no he contado con la Historia para escribir el artículo cuestionado. Me mantengo en la tesis de que el silbo, en sus orígenes, fue utilizado para enviar y recibir mensajes cortos ya que, si ustedes no demuestran lo contrario, los primeros seres que lo utilizaron eran analfabetos. Y desde el más puro analfabetismo ya me dirán ustedes qué tipo de mensajes se pueden construir para ser enviados y/o recibidos. Además de en la leyenda se apoyan ustedes en el mito; en ese mito que consiste en considerar al silbo como un lenguaje utilizado solamente en La Gomera. Se ha silbado y se silba en muchas partes del mundo. Siguiendo con esta línea les diré, por si les vale de algo, que conozco la labor desarrollada por don Ramón Trujillo Carreño desde tiempo ha.
Meten ustedes la pata hasta el corvejón al considerar que frivolizo al incluir al silbo gomero como un componente del folclore. El folclore, el buen folclore, es una riqueza heredada desde la bondad de la tradición y su valor es incalculable. Hablar de folclore en Canarias, estudien para comprobarlo a don José Pérez Vidal, no es lo mismo que hablar de las folclóricas dedicadas al cante jondo y no tan jondo. Seguiré diciendo, ya que ustedes le han metido el bisturí a casi todos los renglones de mi tema, que sin la influencia interesada de los movimientos nacionalistas de nuevo cuño, el silbo permanecería durmiendo el sueño de los justos. A los grupos nacionalistas espurios les apremiaba –a falta de una lengua vernácula– buscar señas de identidad con las que adornar su discurso vacuo. Y como los canarios de todas las islas no tenemos, en realidad, tantos elementos diferenciadores –a Dios gracias–, se abrazaron al timplillo, al silbo, al calabazo, al juego (¿) del palo… como garantes de un pueblo ansioso de afanes independentistas. Leche machanga.
Sería muy sano para todos los canarios de pro partir de Viera y Clavijo que escribía cosas como ésta referida a toda Canarias y a sus primeros pobladores: "Hacían sus señales y avisos con ahumadas y se entendían con silbos de centinela en centinela". Y, recuerden, la verdad es la verdad dígala Agamenón o su porquero.