ELSA LÓPEZ
Gritan. Gritan como posesos a las cuatro de la mañana de todos los viernes del año. Y los gritos, arremolinados en las plazas o esparcidos por toda la ciudad, se concentran debajo de las ventanas de las casas donde duermen niños, madres, ancianos, trabajadores, enfermos... Los gritos suben por las calles, trepan por las escaleras y los pisos y llegan hasta la almohada del ciudadano que intenta conciliar el sueño. Llegan como una tromba de agua que creciera lentamente; como una ola gigante que empieza a hacerse en el horizonte y se va acercando peligrosamente hasta la orilla de la cama de la buena gente que creía que la noche era un bien reparador y no un infierno plagado de aullidos y blasfemias. Primero son dos o tres; luego se empiezan a congregar y el griterío se multiplica hasta convertirse en un gran alarido. Alaridos de odio, de rabia, de júbilo por la bronca universal que acaban de montar al salir de las discotecas o los bares de copas. El grito les conforta, les hace poderosos. Se insultan, se empujan, se hieren. Desde la distancia del sueño interrumpido es como si hubiera una batalla con cuchillos y espadas de hierro que se arrojan unos a otros hasta llegar a herirse. Por las amenazas se diría que mueren a cientos porque se gritan palabras de muerte ("Te rajo, cabrón", "te mato aquí mismo", "acabo contigo, hijo de..."). Amamantados por el alcohol y las drogas, los cuerpos de miles de jóvenes se transforman en bestias enloquecidas. El dueño de los locales de donde sale la jauría está feliz. Ha hecho la noche y ha vendido todo lo vendible. La selva está en su apogeo y los animales que la pueblan aúllan a la luna y se devoran entre ellos. En el horror de la noche, las voces cobran un valor inusitado y el miedo se apodera del ciudadano que intenta conciliar el sueño. Nadie sale al balcón a comprobar si hay algún cadáver. Nadie se atreve a abrir la ventana para mandar callar a los heridos. Nadie se atreve a llamar a la policía. Nadie se atreve a denunciar por miedo a las represalias. Los gritos siguen revoloteando en los oídos y en las ojeras de miles de ciudadanos que llevan años sin poder conciliar el sueño. Los gritos y el miedo les han arrebatado la alegría de una ciudad que creían suya y que ahora pertenece a la infamia. Al amanecer, todavía despiertos, oyen el camión de la basura que, sigilosamente, sale a la calle a recoger los restos de la barbarie: cristales, papeleras, bancos, cuerpos de adolescentes mutilados para siempre. El servicio de limpieza del ayuntamiento funciona a la perfección.