MOISÉS GONZÁLEZ MIRANDA
En pocos días y, por MOR de necesidad, los tacoronteros nos hemos convertido en expertos en urbanismo. El tema flota en el ambiente como el humo en la noche de San Juan, y los damnificados, asfixiados por la angustia, copan la "sala de urgencias" que el ayuntamiento ha localizado en el antiguo convento, "yo pierdo la casa, tu ya fuiste a ver lo que te quitan" y así, el boca a boca ha puesto al descubierto el desaguisado. Es probable que más de un ochenta por ciento de los vecinos se vean afectados por un plan de desorganización urbana que, evidentemente, no ha contando con la opinión de aquellos para quienes está pensado: el pueblo de Tacoronte. No le suena de algo: "todo para el pueblo pero sin el pueblo". El primer gran objetivo de un plan de estas características es mejorar las condiciones de vida de los que habitan el territorio objeto de la organización. En la medida en que no existen los beneficiados, sino solo los damnificados, es una cuestión de sentido común y de responsabilidad política, dar marcha atrás y cambiar la filosofía: "todo para el pueblo y con el pueblo". Dudando, dado el talante de los responsables políticos del ayuntamiento, que esta moción a la totalidad prospere, lo cierto es que el daño ya está hecho. Es irreparable el perjuicio moral que han sufrido quienes, en tiempos de escasez, han tenido que recurrir a expertos de urbanismo, para alegrar, fundadamente, lo infundado que resulta perder propiedades enteras de forma masiva, en pos de una filosofía que arrasa con la forma de vida de los tacoronteros, acostumbrados y envidiados por la casita terrera y el cachito de huerta.
Por el contrario el proyecto supone calles inmensas de mil rotondas y un solo sentido vial, y de un sinsentido vital. Supone la instauración de unidades gigantescas de actuación que obliga a los vecinos a costear las infraestructuras, pensadas para que, cimentándose en los troncos de parra moribundos y regándose con el afán de enriquecimiento de los poderosos; en lugar de racimos, crezcan y prosperen adosados miméticos, habitados por personajes nocturnos que no hacen vida en el pueblo. Solo dejan su sueño inmaterial, su vida y su consumo están comprometidos con La Laguna o Santa Cruz.
El progreso solo se concibe como un paso para mejorar la felicidad del individuo. Si esto se contradice se convierte en receso. Sé que el poder, mal entendido, ataca en primer lugar al sentido del oído y desemboca en autismo ombliguista. Este hecho y la idea de que la gente es un río de marionetas sumisas y sin criterio, justifican que la acción de gobierno se realice de la forma que he descrito; pero el clamor popular es tan grande que mucho me temo que no hay sordera que resista a la voluntad de un pueblo que grita en masa.
Sin que tengamos ningún plan ideológico detrás, como quieren apuntar algunos que consideran a los gobernados como objetos y no como sujetos, si que nos apuntamos al plan de desorganización de las conciencias y al espíritu de rebeldía, con el fin de decidir por nosotros mismos en qué pueblo queremos vivir.